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El
Frente Hayista de Liberación Nacional
Por
Javier Valle-Riestra
Así
como Manuel Seoane, al introducir el Día de la Fraternidad, el 22 de
febrero de 1946, le dijera a Haya en bellísimo discurso, que le
llevaba un recado del corazón del pueblo, quiero parodiarlo como
compañero más viejo. Será dado en el lenguaje sin palabras con que
habla el sentimiento popular. Vendrá de nuestros discurseadores
compañeros parlamentarios, de los trabajadores de “La Tribuna”; de
los obreros de las fábricas, de los estudiantes que saben de la
reforma universitaria; de la firme mirada de los militantes
sectorales. Recado del corazón del pueblo que viene desde el más
allá de la vida, porque son los ocho brazos izquierdos en alto que
llevaron al cielo los marineros fusilados en el trágico peñón;
porque es la sombra católica de Philips y sus compañeros visitando a
la muerte en las rocosas pampas ancashinas, porque son los miles de
apristas que aún sobrevuelan en las enrojecidas pampas de Chan-Chan,
y es la presencia tremenda de Arévalo, que ha regresado de la muerte
con sus claros ojos verdes, para decir en nombre de todos los que
emprendieron el viaje sin retorno: también, estamos aquí presentes,
compañero.
Económicamente, Indoamérica es una dependencia del sistema
capitalista mundial –parte o provincia del imperio universal del
capitalismo financiero–, cuyos centros de comando se hallan en los
países más avanzados de Europa, en los Estados Unidos de
Norteamérica (USA) y ahora, también, en el Japón. Los continentes y
pueblos de vida incipientemente desarrollada –“backward peoples”,
según la gráfica expresión inglesa–, forman las llamadas “zonas de
influencia” del gran capitalismo que, en su etapa culminante de
evolución, se expande y rebosa, conquista e imperializa al resto del
mundo. Y aunque en todas las zonas de influencia existe más o menos
aguda competencia de capitalismos –lucha por el predominio de la
captura de mercados y contralor y usufructo de las fuentes de
materias primas–, es evidente que por convenios expresos, por
conquista y colonización, o como resultado de largos procesos de
tenaz concurrencia, en cada zona prevalece una bandera capitalista.
Es así cómo a pesar del enunciado teórico y generalizante que nos
afirma que el capitalismo constituye una internacional, la realidad
nos enseña que su imperio se halla dividido aún en poderosos grupos
rivales, bien definido cada cual bajo los colores simbólicos de una
oriflama patriótica.
II
La
fe en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de
“occidentalización” material de la tierra quechua. No es la
civilización, no es el alfabeto del blanco lo que levanta el alma
del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La
esperanza indígena es absolutamente revolucionaria. El mismo mito,
la misma idea son agentes decisivos del despertar de otros viejos
pueblos, de otras viejas razas en colapso: hindúes, chinos, etc. La
historia universal tiende hoy como nunca a regirse por el mismo
cuadrante. ¿Por qué ha de ser el pueblo inkaico, que construyó el
más desarrollado y armónico sistema comunista, el único insensible a
la emoción mundial? La consanguinidad del movimiento indigenista con
las corrientes revolucionarias mundiales es demasiado evidente para
que precise documentarla. Yo he dicho ya que he llegado al
entendimiento y a la valorización justa de lo indígena por la vía
del socialismo… el proletariado indígena espera su Lenin. No sería
diferente el lenguaje de un marxista.
III
La
existencia de dos Perúes paralelos no es un fenómeno reciente. Por
un lado el Perú Oficial de las instituciones del Estado, los
partidos, la banca y las empresas, los sindicatos, las universidades
y colegios, las Fuerzas Armadas y la Iglesia; de los tribunales, la
burocracia y el papel sellado; de la cultura exocéntrica. Y, por el
otro, el Perú Marginado: plural y multiforme; del campesinado y la
masa urbana, de las asociaciones de vecinos, los cabildos
tradicionales, las rondas y los varayoc; de los talleres
clandestinos, los ambulantes y las economías de trueque, de
reciprocidad y de mera subsistencia; de los cultos de los cerros, la
espera de Inkarri y la devoción a las santas y beatas no
canonizadas; el Perú que conserva, adapta y fusiona innumerables
tradiciones locales y regionales; bilingüe, analfabeto y a veces
monolingüe quechua, aymara o amazónico. Este contraste, gestado
desde los primeros tiempos de la Colonia, se prolonga hasta avanzado
el Perú Republicano.
IV
No es plagio. No soy un plagiario. La primera cita es de
Haya de la Torre en “El Antiimperialismo y el APRA” (Prólogo a la 1ª
edición, 1935). La segunda cita es de Valcárcel en “Tempestad en los
Andes” (1930), transcrita por Mariátegui en “Siete Ensayos de la
Interpretación de la Realidad Peruana”. Y la última de José Matos
Mar en “Desborde Popular y Crisis del Estado” (1986).
Respectivamente setenta; setenta y cinco; y veinte años. El único
líder de los tres es Haya, un revolucionario, un profesor, un
profeta. Pero los otros dos han tenido una visión del Perú que los
renegados de hoy, los estadistas de la política criolla, que les
encanta escribir con anglicismos y elogios platónicos de Vargas
Llosa, niegan para afirmar que hemos entrado en un mundo globalizado
que traerá prosperidad a los pueblos acabando con la lucha de clases
y los conflictos civiles e insurrecciones. Todo eso es bazofia. Las
masas están enardecidas. No creen en un sistema que en nuestro mundo
pauperiza a los pobres y enriquece a los ricos. Las fuerzas
productivas ya no están representadas en el Estado. Lo han
rebalsado. Sus goznes han estallado.
Haya explica muy bien lo de la internacionalización del capital, hoy
denominada globalización. Valcárcel no cree que el resurgimiento
indígena sea la occidentalización. Es el mito lo que la determina.
Por eso los aymaras están sublevados. Y Matos Mar describe bien el
Perú dicotómico. El formal y el informal. El segundo luego de cuatro
lustros de la profecía y quinientos de la conquista ha devorado al
primero. El Estado senil de hoy no representa a la Nación peruana.
Hemos llegado al epílogo. La casta política no lo ve. Se preparan
para el gran festín del 28 de julio del 2006 a efecto de repartirse
esa tarde escaños, fajines ministeriales y embajadas. No saben que a
las puertas de palacio de Gobierno hay una multitud famélica
dispuesta al asalto.
V
El
decrépito Estado peruano capituló en Ilave y fue jaqueado en
Andahuaylas. No quieren entender los présbitas que la cadena
socialmente opresora se ha roto por el eslabón más débil. En la
República Aymara. Y no entienden tampoco que el problema no es Ilave,
ni la provincia del Collao, ni el departamento de Puno, ni la
República del Perú. Es el fuego en los andes, del que hablaba
Carleton Beals hace setenta años. Por eso se zarandea a Chávez en
Venezuela; cayeron Mahuad y Bucaram en Ecuador; Fujimori en Perú; y,
Sánchez de Lozada en Bolivia. Y caerá Mesa. Allí vendrá el crujir de
dientes. Que no se engañen los que creen equivocadamente que aquí no
va a pasar nada porque nuestras masas son eunucas. Ya perdonaron
setenta veces siete. Ahora vienen con la espada y no la paz.
Pero, veamos lo que está pasando hoy. En Bolivia se habla de la
República del Kollasuyo y el pueblo boliviano de Ayo-Ayo ha creado
su aparato de justicia y su propia policía. Santa Cruz quiere
emanciparse de la Bolivia andina. El Ministro de Defensa argentino,
José Pampero, advierte una eventual balcanización del Alto Perú. Es
evidente que esa crisis se precipitará y contagiará al Perú Aymara y
Quechua. Sobre todo cuando el Presidente Mesa fracase en su utópica
pretensión legítima de salida al Pacifico. Eso sacudirá al Perú y
contribuirá a acelerar las condiciones revolucionarias que se acuñan
en nuestra infraestructura en medio de la impavidez e indolencia de
la mazorca política electorera.
VI
¿Qué hacer?, ¿cómo salvar la situación? Hablaré del debe-ser:
convocar inmediatamente a una Asamblea Constituyente
plenipotenciaria para que expida una nueva ley de leyes y
despresidencialice la presidencia de la república, como quería Haya.
Esa asamblea representará a las nuevas mayorías nacionales ya que el
congreso actual es un parlamento-patíbulo que no representa al país,
que es incapaz de interpelar y hasta de elegir un Defensor del
Pueblo. Las constituciones se vuelven hojas de papel –como decía
Ferdinand de Lasalle- cuando están contra los factores reales de
poder. Hay que acabar con el cesarismo burocrático. Hacer énfasis en
el parlamentarismo pero bicameral para evitar una tiranía peor que
la de un individuo como es la de un ente colectivo irresponsable.
Salir de la nefasta experiencia unicameral que ya dio históricamente
sus frutos nefastos. En 1823 se autosuspendieron y le entregaron el
poder a Bolívar. En 1932 desaforaron a la minoría aprista y se
autodisolvieron luego de entregarle plenos poderes a Benavides, cuyo
mandato prorrogaron. Entre 1993-2005 gobernaron en su versión
fujimorista y antifujimorista dictatorialmente.
Los
izquierdistas de hace cuarenta años decían que se puede hacer una
revolución con el ejército o sin el ejército pero nunca contra el
ejército. Pues bien, las masas de hoy, con la neutralidad de las
fuerzas armadas, salen de su subterráneo histórico para transfigurar
al Perú. Estamos ante una revolución social agnóstica, sin credo
político, sin catecismo, sin slogans contra el imperialismo o por la
reforma agraria. Solo son multitudes reivindicacionistas que
desprecian a los policías torturadores, a los fiscales-gestapo, a
los jueces prevaricadores, a los cobradores de impuestos; a todo lo
que sea expresión del Estado valetudinario. Entendamos ésto para
salvar la democracia.
VII
No
queda más remedio (si los partidos claudican; si las izquierdas se
han infestado de los vicios políticos de las oligarquías y de
perecidos partidos arcaicos) que recurrir al Frente Hayista de
Liberación Nacional que reclute desde el APRA, a sectores
patrióticos de las FF.AA., a los discípulos de José Carlos
Mariatégui (compañero de Haya en la protohistoria del APRA), a
etnocaceristas, Patria Roja, organizaciones proscritas, la Derrama,
CGTP, CTP, las Iglesias Católica y Cristiana, etc., tras oriflamas
de regeneración moral y de reconstrucción social que arquitecture
los cimientos de un unionista Estado de trabajadores manuales e
intelectuales sobre las viejas fronteras, de Ecuador al norte y
Bolivia al sur. De lo contrario aferrados a viejos cánones viviremos
sin libertades, sin Derechos Humanos, sin puentes, sin hospitales,
sin postas médicas, sin colegios, sin fábricas, sin capitales, sin
inversión. Tenemos que ir a una democracia funcionalizada, con un
Parlamento elegido por el pueblo en el que estén presentes las
fuerzas vivas del Perú, la inteligencia, el capital nacional y
foráneo y el trabajo. Eso no lo ven los cholo-boy sirvientes del
imperialismo a lo Shylock, el capitalista extorsionador que cobra
con la propia carne del deudor. Por eso debemos apelar al Haya joven
que tuvo la gran intuición del Perú y de Indoamérica actuales. Se
adelantó ochenta años. Ese Haya es el del “Antiimperialismo y el
APRA”, el del discurso de la Plaza de Acho, el prisionero de la
penitenciaría sanchecerrista, el de las catacumbas antifeudales, el
del Asilo-Prisión Diplomática (1949-1953). Él hizo don de su persona
a la patria continental. Lo necesitamos nuevamente en la hora de la
lucha final.
Lima, 22 de febrero de 2005.
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