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Plasticidad, color y canto
Por Antenor
Orrego Espinoza (1892-1960)
EL MILAGRO
ESTETICO
En ninguna raza
como en la negra, el cuerpo es la traducción más cercana del alma, de la psiquis
interna, de la estructura emocional, pasional y sensitiva del hombre. En ella el
ritmo interior se hace línea ondulante y gallarda; se hace masa plástica y viva
en la elegancia de la cabeza, en el esguince airoso del torso, en la melodía
columnaria de los brazos y de las piernas; se hace color en el juego múltiple y
complejo de la luz, que envuelve y fluidaza el cuerpo, que le torna cambiante y
flexible, elástico y dúctil, imprimiéndole el sello supremo de la gracia. La
línea y el color trasmutados al piano de la música, se hacen vibración, se hacen
nota, se hacen canto, ese grito interior del alma que se esparce hacia los
cielos como florescencia melódica del sonido.
Ortega y Gasset
ha dicho, con penetrante inteligencia, que en el español el alma esta mas ligada
al cuerpo que en las otras razas europeas y que a ello se debe que este tenga
una mayor impregnación de vida, que sea mas fluyente y armónico, y que no haya
en el esa dislocación, esa quiebra, ese desgarbo corporal que se observa, con
frecuencia, en las razas del norte. Y ello es cierto por la cantidad de sangre
africana o árabe que hay en el pueblo ibérico. No en balde los franceses piensan
que Europa acaba en los Pirineos. Y lo que se dice de España puede afirmarse, en
mayor o menor grado, de todos los pueblos meridionales o mediterráneos cuyas
aristas litorales se rozan con las aristas africanas.
La estética en
los otros pueblos es una proyección objetiva del alma en la obra. Tiene una
realización periférica y externa que, luego, se torna estática porque se ha
desprendido de su centre vital hacia fuera. Es la realización estética hecha
para la contemplación y el goce fuera del hombre mismo. Es el valor estético
congelado, fijado en un limite intrasmontable, en el limite que le fijo el poder
creativo del artista. Es la belleza pasiva y sin iniciativa ya para superarse,
para transformarse, para seguir creándose y viviendo en cada instante. En las
otras razas la estética es literatura, es pintura, es escultura, es
arquitectura, es música. Siempre una obra técnica que se desplaza fuera de si,
pero no el hombre mismo que se fluidaza en su cuerpo y en su alma,
incesantemente, a cada paso, en una perenne improvisación creadora. La obra
estética del negro es su ser mismo que no se desplaza jamás de su centra vital y
que vive perpetuamente, vibra y se construye en todos los instantes, se expresa
movilizándose siempre al porvenir. Es un presente eterno que no muere porque
esta ubicado entre el «acaba de ser» y el «no es ya», para ser, luego, otra cosa
distinta y viva, impregnada de expresión, y, por tanto, de belleza.
Por eso el arte
supremo del negro es la danza y el canto, ambas formas estéticas que no pueden
cumplirse sino con el concurso del cuerpo, como que surgen de sus tejidos y de
sus células mismas. La danza que es ritmo haciéndose línea y movimiento,
tornándose en armonía plástica, trasmutándose en color y en luz, realizándose
viva en el espació, trocándose en nota musical, en sonido melódico. Notas,
línea, plasticidad, movimiento, color, luz: he aquí la gama estética del negro a
través de su cuerpo, instrumento dúctil y vibrátil, como la cuerda de una lira.
Es la raza que
realiza en plenitud el milagro estético por excelencia. La plasticidad
estatuaria de su cuerpo resurge de la entraña misma de la Vida y muestra como
puede llegar a ser el cuerpo del hombre un instrumento armónico, dócil y dúctil
a las más profundas irradiaciones del Espíritu.
BAJO EL
SIGNO DE VENUS
La pura
terrenidad biológica, la estructura pasional y sensible del hombre, en el negro
ha logrado equilibrarse, de tal suerte, que ha llegado a construir una ecuación
estética, una expresión de belleza. La libido primitiva, ha encontrado una
formula en que los diversos elementos de la existencia animal se han trabado
armónicamente, se han hecho equidistantes y orgánicos, han hallado una
conformación equilátera y concordante. Gracias a esta maravillosa coordinación
biológica, reverbera en la parte física y esta, a su vez, es la fulguración de
aquella. Si el indio peruano vivió en su terrenidad biológica bajo el signo de
la Pacha-Mama, la terrenidad del africano ha vivido bajo el signo de la Venus
griega, la Venus Afrodita, en su encarnación de ébano y dentro de la atmósfera
caliginosa y ardiente del trópico. Ha elevado la terrenidad a su máxima
expresión estética. Raza procreante, pero, armoniosa y bella; raza de una
lujuria potente, pero, de una lujuria que se toma melodía y canto.
Cuerpo
troquelado en las selvas ubérrimas del África y que se ha plasmado, a lo largo
de los siglos, envuelto y penetrado por los efluvios de la tierra canicular. El
Sol vertical se ha infiltrado en sus tejidos, los ha hecho elásticos y
flexibles; tejidos cenitales que se despliegan reverberantes en su modalidad
expresiva.
Raza en que la
forma lo es todo, porque como en ninguna otra, la forma humana es alma. El negro
no comprende el mundo por abstracción sino como realización concreta y tangible.
Para el, el espíritu es materia, tanto como la materia es espíritu. Hasta sus
concepciones trascendentes están penetradas de vida y encerradas y realizadas en
una forma. El mundo es una vasta coordinación de formas que revelan su sentido
último. No existe el espíritu independiente, abstraído, desplazado y proyectado
fuera del mundo. Hasta sus dioses mismos son dioses concretos, percibibles al
tacto y a los sentidos ordinarios. El africano es de un agudo sentido realista y
trascendido de vida por todos sus lados. Sus «Tabú» y sus «tótem», si bien
provistos de formidables potencias mágicas son, eminentemente, formas actuantes
que operan tangiblemente, como con la mano.
El negro ha
vivido bajo el signo de Venus, la diosa del amor y de la belleza porque es la
diosa de la forma. La Verdad para el negro es la Belleza, y el mundo es solo
verdadero y tiene un sentido porque es bello. Donde hay una dislocación y una
quiebra no hay Vida para el, porque la Vida es concordancia, es armonía, es
ritmo que se actualiza y se hace plástico en una forma.
CAMINO DE LA
CRUCIFIXION
La hora en que
zarpo Colon del Puerto de Palos hacia las Indias Occidentales, fue, también, la
hora cósmica de la crucifixión del negro africano. Llegada fue la tercera hora
de la agonía para el Cristo de ébano y encendida la hoguera en el ara del
sacrificio. En esa hora debió estremecerse el alma colectiva de la raza con
sobrecogimientos inauditos y pavorosos, alla en el Continente de los trópicos y
cercada por sus selvas milenarias que parecían inaccesibles a las pisadas del
blanco.
Para el indio,
fue la esclavitud y el aherrojamiento en su propio suelo; para el negro, la
esclavitud y el aherrojamiento en el exilio. El buque negrero colmaba sus
sentinas de abundante cosecha humana e hinchaba sus velámenes, rumbo a las
Indias, donde trocaba su pesca con las riquezas de El Dorado fantástico. Galeras
cargadas de gemidos y de angustias; trenos y lloros por la tierra amada que,
cada vez, se alejaba, más y más, perdida en las brumas del horizonte. Nubiles
doncellas que dejaban alía sus amores y sus hogares, niños adolescentes que
apenas habían tenido tiempo para recoger en sus pupilas el esplendor de la luz
africana. Era el éxodo de un pueblo hacia la esclavitud dentro de una sociedad
regida y presidida por la cruz cristiana. Fue inmenso el sacrificio del negro,
pero, fue, también, inmenso su aporte a la nueva progenie. Llevo lo que nadie
podía llevar; el milagro vital de la estética, el milagro de su sangre destilada
en el ritmo, en la armonía y en la gracia del mundo. El rindió en el seno
prolífico de América, lo que le había costado milenios de trabajo en el plasma
del hombre. El fue a poner esa floración maravillosa de su cuerpo y de su alma
en el crisol ardiente del planeta que iba a fundir el metal humano de la nueva
progenie.
Y así, una vez
mas, se cumplió el sacrificio de la terrenidad para la expresión del espíritu.
Llego para el negro la tercera hora de la agonía, pero llego, también, para
América, una categoría vital que ha de volver para el mundo en nuevas, superadas
y esplendidas floraciones.
Bajo el látigo
inmisericorde del caporal que levantaba túrdigas dolorosas a cada golpe de la
fusta, el milagro del torso armónico y vibrante se alzaba en los vastos campos
de arroz o se perfilaba en los sembríos rumorosos de la cana de azúcar para
notificar la presencia del África estética en la vasta obra humana que
comenzaba.
EL DESQUITE
DEL AFRICA
América inicio
su vida nueva dentro de la algarabía y de la muchedumbre de todas las razas del
planeta; bajo la babélica confusión de todas las lenguas y de todas las sangres.
Las diversas filiaciones étnicas comenzaron a convivir bajo la fusta imperiosa y
tiránica del blanco. Comenzaron a forjarse los pueblos, se roturaron los campos,
se abrieron las selvas y los bosques, y se levantaron las ciudades. La obra de
fusión, imperceptible, invisible casi a los ojos físicos, pero, segura, eficaz y
cierta, también comenzó su grandiosa tarea cósmica de creación.
El blanco no
había aprendido a dominar su cuerpo, como el negro, hasta convertirlo en la
expresión directa y fiel de su conformación síquica interna. Sobre todo, el
blanco sajón y el francés que ocuparon Estados Unidos y el Canadá. Por eso, su
cuerpo no podría trasladar íntegramente su alma, cuya modulación principal y más
fina se quedo en Europa, pegada al claustro materno de la raza. El negro, en
cambio, tenía una estructura síquica completamente individualizada y un vaso
corporal que la contenía en integridad y en plenitud. Verdad que el alma del
blanco era más compleja y, por ello, más difícil de encarnarla en su totalidad,
pero, dentro de su ravel, la realización del negro era mucho más perfecta. Así
se explica que el alma del negro se traslade a América junto con su cuerpo y que
sea en Estados Unidos una realidad viviente de mayor potencia creativa que la
del blanco.
Así se explica,
también, que el arte norteamericano denuncie, al primer golpe de vista, su
filiación africana, y que en Cuba y algunos otros países de América Latina el
acento negro haya llegado a traducirse, a veces, en expresiones poéticas
verdaderamente profundas.
La música
norteamericana es casi por completo africana, música selvática y primitiva,
música sincopada que refleja el contrapunto de la Naturaleza y el traumatismo
sinfónico del Trópico. De hecho, la intimidad del norteamericano no tiene, por
ahora, otra traducción que el ritmo del jazz y de los fox, ritmo sincopado y
traumático, que carga en sus baterías la estridencia de las selvas. El
norteamericano en el amor dice, con la gramática y con el léxico ingles: «I love
you», «Give me a kiss», «I give you my heart», nombres, también, de algunos de
sus fox mas populares; pero, el alma, la vibración interna, la acentuación
intima que pone en sus palabras, es negra, africana: andolas, mozambiques,
congos, ugandés... Y ese es el desquite del negro tras de varios siglos de
crucifixión, desquite cósmico, como su sacrificio, desquite en el momento mismo
en que los ku klux klanes consuman crímenes repugnantes e ignominiosos, y en que
los restaurantes, los ferrocarriles y los hoteles, los teatros y las
universidades se dividen en secciones de blancos y en secciones de negros.
Solo su hermano
de esclavitud y de dolor, el indio, comparte con el negro, la estructura, la
conformación síquica de América. Pero, es porque el indio se quedo con su cuerpo
y con su alma en su propia tierra. Y los dos ritmos son los únicos instrumentos
y las únicas valoraciones acendradas de la América moderna. Ambos se destacan
ya, hermanados en la tragedia, en la floración del tango. La melancolía y la
nostalgia doliente del indio, junto con la lujuria triste y plástica del negro.
Música que se habla y se articula como una frase en una oración gramatical,
articulación lenta y cansada de angustia; o hablar que se musicaliza y se
arrastra, se glisa y se enerva en el dolor y en la voluptuosidad de los
sufrimientos y de la tragedia.
Es el buen
desquite del África. No el desquite brutal y torpe de la fuerza, sino aquel
otro, mas sutil pero mas poderoso, de imponerle la modulación de su alma, de
regalarle su riqueza expresiva para sus propios amores y decirle a su opresor y
despreciador secular: te notifico que cuando estés ya en la capacidad y en el
trance de crearte un arte propio, un arte tuyo que no se confunda con el
europeo, tendrás que partir de mi y solo de mi.
Y en verdad, no
hay otra salida para América que partir del arte indio o partir del arte negro,
porque el blanco fue incapaz de trasladar el alma de Europa, por falta de
maduración y gravitación corporal y anímica.
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