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Indoamérica
Por Juan Orrego
Tenemos una
historia compartida y solidaria nuestros pueblos - naciones, que desde las
gestas de la independencia han enfrentado desafíos internos y externos comunes,
demuestra que nuestros países poseen potencialidades aún no aprovechadas tanto
para utilizar mejor sus aptitudes regionales como para fortalecer las
capacidades de negociación y proyección internacionales.
Pero a la vez
también podemos llamar a la América hispana lugar de conflicto en la búsqueda de
la identidad nacional. La variedad y la indeterminación de los elementos y de
los conceptos nos ponen frente a un complejo cultural con el que no se puede
especular sin los referentes de las culturas metropolitanas pasadas o presentes,
como centros de los cuales depende o dependió, y de las culturas nativas como un
fuerte componente popular. El conflicto se plantea en el momento mismo del
reconocimiento entre los dos polos. El problema de la identidad cultural de
América, como el de cualquiera otra comunidad humana, esta inevitablemente
ligado al problema de su autonomía (económica, política, etc.), proclamada en
manifiestos fundacionales desde los aňos en que se cortaron nuestros lazos con
España, pero nunca lograda realmente, sino soslayada y encubierta, en la teoría
y la practica, por un cosmopolitismo idolátrico con pretensiones de
contemporaneidad en la historia de paradigma europeo.
Por eso, es
comprensible que este regreso a las fuentes no se inspire en un rechazo
indiscriminado de lo nuevo ni de la cultura europea, sino que represente el
temor de reincidir en trasplantes no asimilables a la realidad nacional, como ya
había ocurrido en el caso del positivismo, por ser extranos al hombre y a la
sociedad. Así pues, en este texto nos acercaremos, en primer término a la
reflexión sobre el tema de la definición de América.
Un individuo
encuentra su identidad cuando halla un conjunto de valores con los cuales se
puede compenetrar plenamente. De la misma manera, una cultura descubre su
identidad y logra su más alto desarrollo cuando obtiene un conjunto de valores
que la tipifican, y su madurez consiste en llevar este conjunto de valores hasta
sus últimas consecuencias.
Por eso podemos
señalar que el año de 1926, aproximadamente, fue punto de partida en el que una
nueva generación de pensadores y artistas siente que la admirada y respetable
labor de los miembros del Ateneo de la Juventud ha sido una brillante labor
intelectual, aunque ha resultado insuficiente para solucionar los problemas de
fondo, porque la cultura que forjaron siguió siendo ajena a la realidad concreta
de la nación. Frente a esa circunstancia, la nueva generación considera que para
superar el desgarramiento interno en todos los planos, la única solución esta en
volver a los orígenes; esto es, empapar el espíritu en las tradiciones
fundamentales de la nación y en tomar conciencia plena de las circunstancias
vitales del presente.
Apreciamos esta
charla que tuvo un joven universitario con el Maestro del pensamiento de la
democracia social don Víctor Raúl Haya de la Torre:
Oscar Silva,
estudiante universitario, formuló la siguiente pregunta: ¿Cuál es el mensaje
implícito en la palabra Indoamérica? Nos llaman América Latina. Nos llaman
Iberoamérica. ¿Por qué el Aprismo insiste en esta diferencia semántica?
El
Maestro
respondió: -El nombre es parte de nuestra identidad.
Nuestros países son un nuevo mundo. Por eso yo no hablo de Tercer Mundo, sino de
Novomundo. Aquí no hay luchas de razas ni de religiones. En el Novomundo alumbra
el porvenir del mestizaje. Hemos fundido razas y vivimos pluralismo de
creencias.
Luego
añadió:
José Vasconcelos,
llamó a estas tierras: continente de la raza cósmica. Aquí la batalla principal
se dirige contra el subdesarrollo en todas sus manifestaciones. En este frente
de batalla podemos afiliar a muchos hombres y mujeres que no cargan el prejuicio
racial. No padecemos fratricidios.
El
Maestro, desarrolló su tesis sobre el rol que desempeña la unión de nuestros
países. Sostuvo que mientras ellos permanezcan separados, aislados y recelosos
en su insularidad, convirtiendo las fronteras en muros agresivos, Indoamérica
será solo conjunto de republiquetas sin capacidad de diálogo, ni de negociación,
en la hora mundial de los enfrentamientos.
Estados Unidos de Norte América son lo que son: Estados que se unieron para
alcanzar la fuerza que tienen actualmente. Los Estados Desunidos del Sur son
conjunto de naciones envenenadas por odios de campanario, anclados en el
revanchismo de viejas heridas, amarrados a las culpas históricas de los
oligarcas que empujaron a nuestros pueblos a guerras fratricidas.
Por
eso el Aprismo levanta su bandera de hermandad: unión de países, para crear la
Indoamérica poderosa que soñó
Bolívar, que amaron
y presintieron hombres como
José Faustino Sánchez Carrión,
Francisco de Paula González
Vigil y
Ramón Castilla.
Luego
el Maestro subrayó:
-Quien carezca de conciencia indoamericana, no es aprista. O los países nos
unimos, por encima de odios o seguiremos siendo explotados por todos los
imperialismos que asoman a la historia.
El Aprismo es —debe
ser y será— hermandad continental. Quien intente retardar esta hermandad:
llamadlo todo, menos aprista.
Es
bien sabido que, debido al error de Colón, a las tierras recién descubiertas por
los europeos se les llamó Indias, aunque una vez conocida la
equivocación, se les llamó Indias occidentales a fin de distinguirlas de
la verdadera India, que para los europeos estaba al oriente y que constituía el
destino planeado de la aventura del almirante.
Y que la
Conquista, considerada como una empresa heroica y positiva por la ideología
dominante, se convierte en el Canto General en una invasión que provoca la
destrucción y el saqueo...
Fue
por esa razón que a los pobladores de América se les llamó indios,
término que aún en la actualidad se sigue aplicando a los pueblos indígenas. Por
cierto, aunque se parecen, indígena e indio no están relacionados
por etimología. Indígena proviene del latín y significa "originario del
país de que se trata" (DRAE).
Por
tanto, en todo rigor, los indios son los nativos de la India, mientras que
indígena es todo aquel (y todo aquello, por ejemplo, las plantas y los animales)
originario del país de referencia. Así, en América tenemos las culturas
indígenas, es decir, aquellas que surgieron en nuestro continente antes de la
llegada de los europeos y que, en cierta medida, han seguido vivas hasta
nuestros días. Pero, naturalmente, quienes hemos nacido aquí también somos
indígenas americanos, aunque tengamos una cultura mestiza y comamos tacos de
carnitas, ese producto del abrazo del maíz indígena y del puerco llegado de
ultramar.
Dado
el racismo establecido durante la colonia, el término indio adquirió
connotaciones peyorativas y se le ha usado como sinónimo de bruto, rudo, vulgar,
inculto y conceptos similares. Además, su uso para designar a los pueblos
originarios es equívoco.
Es asi, que en la
narrativa de Antenor Orrego apreciamos esta interrelación pasado-presente y que
deviene en una expresión particular de filosofía de la historia de América
hispana
El "hombre del
pueblo" o el indio - mestizo de la América hispana de hoy es el que conserva la
esencia de una identidad cultural enajenada por la presencia del invasor
extranjero y por su cultura de dominación. El hombre del pueblo de la América
hispana, es el que está habilitado para liberar al su pueblo-continente y poner
fin a la invasión extranjera que comenzó con la Conquista europea y sumió a todo
un continente a la condición de sometidos.
A partir de esta
referencia se perfila una nueva imagen del "hombre del pueblo" de esta America
hispana y una nueva dimensión de dignidad en su condición de heredero del "buen
salvaje" del pasado. Es decir, es el heredero del mundo y de la cultura anterior
a la invasión europea.
Definir tierra
natal o de origen metafóricamente nos evoca nuestro punto específico de
referencia en el tiempo y espacio. Mentalmente todos somos portadores de una
tierra natal abstracta y dicha noción define los límites de las fronteras
socio-culturales
Es vital en el
propósito de perfilar un marco de referencia que fundamente una plataforma
conceptual orientada al estudio de la sociología de la historia de este pueblo
continente llamado América. La problemática destaca como una correspondencia
entre la emergencia de la nación moderna el principio de territorialidad. Desde
allí, que la definición espacial y temporal del suelo es determinante en el
propósito de entender la iconografía de una nación. La relación suelo y pueblo
alude la relación sangre y suelo, que a su vez sugiere la idea de la patria, y
consecuentemente la emergencia del paradigma nacionalista.
La nación en tanto
formula jurídica ha sido el fundamento que configura la representación
geográfica simbólica en base va la cual se concibió la idea de
desterritorialización de la América India, mediante el procedimiento de declarar
inhabitados los territorios indígenas.
La irrupción
política del discurso indígena en la ingeniería simbólica de América ha hecho
evidente que el tema identidad no es una agenda inalterable. Tal como se deduce
en libro PUEBLO CONTINENTE de Antenor Orrego, su ingeniería simbólica es una
mezcla de la historia, el espacio y el tiempo oficial y colectivo de naciones de
la América hispana. En particular en el caso de América el advenimiento de la
nación es un proyecto político donde el propósito central es la "nacionalización
de los pueblos indígenas". Tal como se destaca en el discurso de Bolívar,
Sarmiento, O`Higgins y otros. Es así que la idea de patria en tanto
representación simbólica se apoya en la ocupación y usurpación por parte de los
Estados nacionales de los territorios indígenas. El discurso de la imaginaria
nacional en el contexto latinoamericano es ideología de dominación sobre los
pueblos originarios; es la alusión a la conquista militar y la intolerancia
cultural. Desde esta perspectiva es posible reivindicar la idea de Haya de la
Torre; a decir, la invasión extranjera que comenzó con la Conquista europea
perdura en términos de sometimiento colonial en un plano espacial y temporal que
ha devenido en el diseño de una ingeniería simbólica de la geografía del tiempo.
El caso americano
amerita un análisis adicional sobre la idea de "doble" identidad nacional que se
engendra en la noción del "pasado" como expresión simbólica de una particular
agenda de inclusiones. Es en este contexto donde la historiografía hispanófila
corta todo vínculo con el pasado precolombino y drásticamente determina que lo
precolombino nada tiene que ver con el presente de América. Es en este contexto
donde emerge el argumento central de Haya de la Torre, el fin de la colonia no
provocó el fin de su ideología dentro de las nuevas repúblicas.
Por
ello, se utilizado el término indoamericano el cual, tiene fuertes
connotaciones políticas. En efecto, el peruano Raúl Haya de la Torre fundó la
revista Indoamérica como órgano de su Alianza Popular Revolucionaria
Americana, formación de izquierda basada en el antiimperialismo y en la lucha
por los derechos de los pueblos indígenas. Víctor Raúl Haya de la Torre utilizo
este término para distinguir a los "indios" de América de los de la India.
No
obstante, ud., puede decir que el hecho de estar basados en el error histórico
de Colón —de llamar indios a los nativos americanos—, hace que este el términos
no sea enteramente aceptable. Por eso, ahora existe la tendencia a utilizar el
término indígena, el cual, carece de connotaciones bastardas.
Por
tenemos que ver mas que lo que buscaba Haya de la Torre, no era un siempre
nombre para la América hispana, sino una explicación profunda de la realidad
indoamericana que partiendo del marxismo y de la teoría de la relatividad,
formulara una filosofía política original para esta parte del continente. Por
eso Antenor Orrego manifestó:” Por primera vez en nuestros pueblos se coordina
una teoría que al mismo tiempo que explica y clarifica la posición genuina de
América, supera también la explicación científica de la historia universal”.
Haya
de la Torre vio historia de la América desde dos perspectivas que quedan
manifiestas en el siguiente texto:
“Si
Indoamérica hubiese estado unida, España y Francia no se habrían atrevido a
atacarla; si México hubiese sido inmediatamente socorrido por tropas centro y
sudamericanas la derrota francesa habría sido mucho más rápida y la unidad
indoamericana tal vez hubiera sido el corolario de ese triunfo. Pero los
gobernantes de nuestros países en aquella época no abarcaron la repercusión
histórica del triunfo de Lincoln en los Estados Unidos; ni columbraron las
proyecciones del inmenso poder de una federación continental por cuya unidad
habían inmolado sus vidas, con el presidente, más de seiscientos mil de sus
conciudadanos. Guerra de la cual no quedaron odios revanchistas, ni militarismos
traficantes del fratricidio a despecho del llamado ‘black terror", porque el
pueblo que la ganó para su unión y libertad se puso a arar los campos de batalla
con los mismos caballos de los cuales se había servido para formar sus
aguerridos escuadrones de lucha.
De
la guerra del Norte resultó la unión que es grandeza y es poder; de las guerras
del Sur quedó el aislamiento y la debilidad. México se batió solo, y solo venció
y castigó a su invasor, logrando así las reformas liberales del Benemérito
Juárez, pero para recaer más tarde bajo la dictadura militarista del infaltable
"general-salvador-restaurador" —plaga de Indoamérica— de cuyo aferrado
despotismo sólo lo libertó la Guerra Civil de 1,910 que emancipó a su campesino
esclavizado e inauguró una saludable vida. Democrática. Al Sur: Perú, Chile,
Ecuador y Bolivia, que hubieron de aliarse para enfrentar la nueva agresión
española hasta aplastarla en 1,866, desataron los lazos de aquella unión sellada
por el triunfo. Acaso si José Gálvez —el jefe del liberalismo peruano, ministro
civil de La Guerra, y conductor de la victoria del Callao— no hubiese muerto
heroicamente en la batalla, su influencia y su previsión habrían podido echar
las bases de la confederación del Pacifico, llamada a transformarse en la
bolivariana de Indoamérica…Y fue aquella lucha(1979, La Guerra del Pacifico)
entre pueblos hermanos la que imposibilitó el intento de vializar el plan
federacionista —con miras a la organización de los Estados Unidos del
SudPacifico...
Lo
expuesto sirve sólo a demostrar que de las mayores peripecias guerreras
acaecidas en ambas Américas a mitad de la centuria… resultó allá, rió Bravo
arriba, la coherencia de un pueblo-continente, al que los cerrados intereses de
una oligarquía esclavista y de un militarismo áulico pretendieron vanamente
dividir; y aquí, rió Bravo abajo, precisamente lo inverso: el triunfo de la
debilitante desunión y la prepotencia del encallecido feudalismo... De esta
suerte la federación norteamericana ingresó en la ruta de su destino protagónico
hacia lo que Hegel llamaba "el teatro de la historia universal"; y el mapa
económico del Nuevo Mundo fijó las lindes de sus contrastados escenarios: junto
a los crecientemente poderosos Estados Unidos del Norte, los inermes y
balcanizados Estados Desunidos del Sur.
Se
ha dicho mucho —y el asunto es casi tópico— de la imparidad de las condiciones
geo-climáticas, y de las riquezas ubérrimas que forman la natural dotación del
pingüe suelo norteamericano. Cierto es todo ello. Más de una vez he discurrido,
transitándolo y reparándolo, que ese continente sobre el cual se han
estructurado dos federaciones democráticas de estilo institucional anglo-sajón
—Canadá y Estados Unidos— es "una Europa expandida". A diferencia del territorio
continental e insular indoamericano —de todas las Indias Occidentales, que es lo
que yo llamo Indoamérica: las que fueron hispánicas y lusitanas, las francesas,
inglesas y holandesas el de Norteamérica, en total, reúne, a mi ver, las
gradaciones y variantes del paisaje europeo que conozco. Desde las escandinavas
y nor-escocesas hasta las peninsulares itálica y balcánica, sin marginar los
correlatos esteparios turcos y caucásico, del panorama tejano. Pero vale poner
énfasis en lo que va dicho arriba: se habla de Norteamérica enteriza,
parangonada con Europa también en su magnitud continental; no de los Estados
norteamericanos aislados. Que si se tratase de 48 repúblicas independientes y
soberanas, amuralladas por patriotismos aduaneros, émulas unas de otras, por
ende alardosas, díscolas, xenófobas y militaristas —secuela inevitable de los
complejos del enanismo, tal lo demuestra Jonathan Swift en su calador análisis
de las relaciones internacionales entre los orgullosos imperios de Lilliput y
Blefuscu— no se podría aludir a pujanza ni recursos. Tampoco seria valedero
paralelar paisajes. Por cuanto en unos y otros la resultante, como el trasfondo,
es suma, es unidad. Y de aquí arranca la primera secuencia de este breve
enfoque:
En
la asimetría política del hemisferio en el que una de sus partes
—cuantitativamente la menor pero por su unidad cualitativamente la mayor—, forma
un ancho y sólido Estado-Continente, y es vecino de 20 inconsistentes Estados -
Naciones, cuyas áreas totalizan más del doble del perímetro territorial de aquél
y demográficamente lo igualan, radica la causa principal de la expansión del
sector más desarrollado hacia el que lo es menos en la técnica de producción.
Pues aun admitiendo los diagnósticos y pronósticos bastante desencantadores de
algunos opinantes expertos u oficiosos acerca de la dudosa aptitud o adecuación
de nuestra América para el industrialismo manufacturero, bastaría la unión de
ella a restablecer, con la simetría política, el equilibrio económico. Lo cual
no es aventurado aseverar, si se recuerda que aún como productora de materias
primas en alta escala, y mediante la tecnificación agro-pecuaria y
minero-petrolera, la economía indoamericana llegará a ser tan indispensable a la
que es su vecina como ésta a aquella Y si a tal progresiva interdependencia se
adicionara una concordante planeación unificadora, el exceso de presión
expansiva del núcleo más poderoso encontraría cauce, tope y contrapeso:
Si
la presión imperialista vence a nuestra resistencia nacional, el equilibrio que
resulte no será el de la convivencia libre y justa: será el falso e intolerable
equilibrio de hoy... Pero si nuestra resistencia detiene la presión del
imperialismo —en economía como en física parecen gobernar los mismos enunciados—
habremos salvado el equilibrio de la justicia. Crear la resistencia
antimperialista indoamericana y organizarla políticamente es la - misión
histórica dé estos veinte pueblos hermanos“.
Haya
de la Torre, busco con su idea ceñir su faceta filosófica para precisar el
pensamiento americano, hecho de síntesis dialéctica y oposición de contrarios
es así que para fijar el destino de la América la mente de Haya, buceo en el
abismo de lo desconocido, el encuentro de dos estirpes y de dos pueblos. A esto
llamo Antenor Orrego “desgarrón histórico”, era la forma de medir la diferencia
del hombre acción viva de América con sus pares de otras zonas del planeta.
Entonces, la visión de este hombre – acción era que la América no anglosajona es
una nueva posibilidad humana. Y que el destino de estos pueblos – naciones
debería de ser los de un pueblo continente, pero primero habría que resolver la
formula de la unidad superior la encrucijada tacita en que esta desembocando el
mundo contemporáneo. Esa es la tarea de la América de reconocerse a si mismo.
Por eso, no queremos hacer augures con respecto al destino de Indoamérica,
quizás sea el instante mas critico y dramático de su rumbo como pueblos –
naciones.
La
contextura de los pueblos naciones implica en esta milenio que los intereses
políticos y económicos nos llaman a la solidaridad, a la mancomunidad y a la
unión en un solo pueblo – continente que habría de llamarse Indoamérica pero mas
cierto y real es que se llame solo AMERICA.
Antenor
Orrego, escribió en Pueblo Continente:
“…Por
eso, el grito que surge… hacia América es: “conócete a ti misma”, apodérate de
la realidad intima de tu ser, coordina tu alma y tu vida con el alma y la vida
universales y solo por ese camino llegaras a tu verdad, que nadie te la puede
dar, que Europa no te la puede trasmitir como regalo del maestro hacia el
alumno, sino que tu debes hallar en tu esencia mas acendrada, en tu fibra mas
recóndita, en tu seno mas intimo. Por ese camino llegaras al conocimiento y a la
realidad de tu misión histórica; solo por allí alcanzaras la sabiduría y con la
sabiduría la verdad y con la verdad el poder. Solo entonces, serás una raza
creadora, es decir, una raza que sabe y que puede; solo entonces no serás una
redundancia en la historia del mundo porque habrás enriquecido con una
realización nueva, y tu mensaje será una palabra sagrada y prolífica para los
hombres de todos los tiempos y todas las latitudes.
Solo
así, América (o Indoamérica) surgirá del estado de involución caótica en que se
encuentra todavía, ala claridad y a la precisión de una cultura que será la
expresión mas profunda, mas entrañada, mas viva de su ser”.
Por eso para
concluir, el problema de la identidad no se manifiesta como tal mientras no
aparece una diferencia entre la propia cultura y las otras; porque, como señalan
varios críticos, la afirmación de la identidad es, más que todo, una
autodefensa, una forma de protección frente al posible despojo de lo que se
considera privativo y específico. Por esta razón, las sociedades primitivas que
vivieron aisladas no se plantearon este problema hasta sentirse amenazadas, ya
que antes no había una confrontación entre sistemas culturales diferentes que
las obligara a definirse a si mismas. La identidad cultural podría ser, una
conciencia compartida por los miembros de una sociedad que se consideran en
posesión de características o elementos que los hacen percibirse como distintos
de otros grupos, dueños a su vez de fisonomías propias.
La definición de
identidad, hoy en día, luego de su transito por la historia del pensamiento
occidental, ha quedado en una concepción que se basa en un criterio
convencional. No se puede afirmar de una vez por todo el significado de la
identidad o el criterio para reconocerla, pero se puede, en un ámbito
determinado, establecer de modo convencional y apropiado tal criterio.
La ultima
concepción tiene su base en el hecho de que tanto los pueblos como los
individuos necesitan una definición de identidad para poder representarse frente
a si mismos y ante los demás. Estamos ante el problema de la cultura que mira y
cultura que es mirada: el dialogo entre culturas. Dialogo que es el punto de
partida para dar cuenta una de la otra, para conformar la imagen de cada una de
ellas.
Las diferencias
culturales y en algunos casos lingüísticas de los sectores que conforman los
países de América hispana, han constituido un obstáculo para el dialogo entre
las instancias en los diferentes niveles: dialogo en el nivel local, en el nivel
de comunidad latinoamericana y dialogo en el nivel internacional, especialmente
con las metrópolis de la cultura occidental. La realidad pluricultural de
América, que en muchos casos se vive en una escisión de sus componentes, lo
impide.
Se puede hablar
entonces de que en la actualidad se da un principio de dialogo, gracias al cual
se concilian la ruptura y la continuidad en formulaciones sobre la tradición de
ruptura o la tradición de lo nuevo, o se manifiestan distinciones entre la
identidad por semejanza de caracteres, la identidad de un fundamento y la
identidad de un propósito. Justamente, en esta ultima tendría cabida lo
imaginario, entendiendo este como el universo de las representaciones,
individual y colectivo, ya que Indoamérica no debe comprenderse como un concepto
determinado desde el principio y con características definidas para siempre,
sino mas bien como algo que ha ido haciéndose o inventándose en la medida en que
ha adelantado en ese proceso. Y es en este proceso, como varios críticos lo han
señalado, donde la aportación de los libres pensadores de la América hispana en
la línea de la búsqueda de la identidad con la realidad histórica es
absolutamente decisiva.
Anexo 1.
La
Comunidad Sudamericana de Naciones (Portugués:
Comunidade Sul-americana de Nações) es una comunidad política y económica
entre los doce países sudamericanos constituida el 8 de diciembre
de 2004 en la ciudad del Cusco, Perú durante la III
Cumbre Sudamericana.
Estados miembros de la CSN
La
Declaración de Cusco
sobre la Comunidad Sudamericana de Naciones
es el acto de constitución de la Comunidad. Está integrada por los países
miembros de la
Comunidad Andina
(Bolivia,
Colombia,
Ecuador,
Perú
y
Venezuela),
los países miembros del
Mercosur
(Argentina,
Brasil,
Paraguay
y
Uruguay),
junto con
Chile,
Guyana
y
Surinam.
En la
Declaración se establecen acciones en:
1.
Concertación y coordinación política y diplomática de la región.
2.
Convergencia entre MERCOSUR, Comunidad Andina y Chile en una zona de
libre comercio. Surinam y Guyana se podrán asociar a este proceso sin
perjuicio de sus obligaciones con el Caricom.
3.
Integración física, energética y de comunicaciones en América del Sur.
Impulsado por la Iniciativa de Integración Regional Sudamericana (IIRSA)
4.
Armonización de políticas de desarrollo rural y agroalimentario
5.
Transferencia de tecnología y de cooperación horizontal en todos los
ámbitos de ciencia, educación y cultura;
6.
Creciente interacción entre las empresas y la sociedad civil en la
integración.
Se
establecerán progresivamente medidas, acciones y ámbitos de acción conjunta
sobre la base de la institucionalidad existentes. Por el momento la estructura
de la Comunidad es la siguiente:
·
Las
Reuniones de Ministros de Relaciones Exteriores formularán propuestas concretas
de acción y de decisión ejecutiva. Se contará con la colaboración del Presidente
del Comité de Representantes Permanentes del MERCOSUR, del Director de la
Secretaría del MERCOSUR, del Secretario General de la Comunidad Andina, del
Secretario General de la ALADI y las Secretaría Permanentes de la
Organización del Tratado de Cooperación Amazónica y otras instituciones de
cooperación e integración regional.
Las
Reuniones de los Jefes de Estado serán la instancia máxima de conducción
política. Está convocada una Reunión de Jefes de Estado para 2004 en Brasil.
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