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Recado
del Corazón del Pueblo
Discurso del líder aprista Manuel Seoane
Corrales que institucionalizó el "Día de la Fraternidad"
El año 1945,
después de una larga persecución, el aprismo volvió a colmar calles de todo el
Perú. Había reconquistado su libertad. El año 1946 en una inolvidable asamblea
pública en el viejo estadio Nacional, Manuel Seoane, líder del Apra y hermano de
ideales de Haya de la Torre, pronunció el bellísimo discurso que se conoce con
el nombre “Recado del Corazón del Pueblo". Aquella noche del año de 1946, la
fácil y vibrante palabra de Manuel Seoane sacudió al corazón del pueblo con el
recado que ahora reproducimos:
Compañero Jefe,
compañeras v compañeras:
Traigo para ti,
Compañero Haya de la Torre, un recado que viene del corazón del pueblo. Fue dado
en el lenguaje sin palabras con que habla el sentimiento popular. Viene de mis discurseadores compañeros parlamentarios que esta vez me miraron en silencio
para darlo, y de los trabajadores periodistas de “LA TRIBUNA”
que detuvieron su tecla sin decir nada. Recado del corazón del Pueblo, que llega
desde el obrero de la fabrica que sabe qué nombre tiene la jornada por la lucha
de las ocho horas del año 18, y que viene también del estudiante que conoce cómo
nació la Reforma Universitaria del año 19. Recado del corazón del pueblo, porque
me dieron sin decirlo, la firme mirada del militante sectoral, la voz
esperanzada de justicia de trabajadores y de campesinos, la fe de empleados y
estudiantes, la ternura constructiva de las madres y el ansia de bondad de las
hermanas, las hijas y las novias, el viril optimismo de los jóvenes, la diáfana
alegría de los niños, el canto de los pájaros y el rumor de las olas y el tenue
estallido de las semillas bajo tierra.
Porque no es sólo el
Perú espiritual el que se engalana, sino también el Perú físico, en su aire, en
su mar y en su suelo, el que hoy saluda la fecha inaugural de su gran
transformación. Recado del corazón del pueblo, porque ya sé que hoy abruman mi
voz los encargos sentimentales que vienen de la verde Loreto de los ríos y de la
tibia Tacna de las fronteras transidas, que llegan del Cuzco de Santos Huallpa,
DONDE AUN GUARDA SU DESTINO LA RAIZ INTACTA DEL IMPERIO, y desde la
blanca y soledosa tierra abierta de Trujillo, cuna y escenario del manantial
sangrante del aprismo de 1932. Recado del corazón del pueblo que viene desde más
allá de la vida, porque son los ocho brazos izquierdos en alto que llevaron
hasta el cielo los marineritos fusilados en el trágico peñón; porque es la
sombra católica de Philips y sus compañeros visitando a la muerta en las rocosas
pampas ancashinas, porque son los miles de apristas que aún sobrevuelan en las
enrojecidas pampas de Chan-Chan, y es la presencia tremenda de Arévalo, que a
regresado de la muerte con sus claros ojos verdes, para decir en nombre de todos
lo que emprendieron el viaje sin retorno: también estamos aquí presentes,
compañero Jefe.
Que otros digan o
elogien el pensamiento o la acción del compañero Jefe. Yo sólo traigo un recado
sentimental y emotivo. Porque éste no es un acto de definición política, de
exhibición doctrinaria, de orientación polémica.
Este es un acto que
parte y que llega desde las zonas más elevadas y profundas que la simple
coincidencia ideológica. Ya dije alguna vez, que si nos preguntaran a nosotros
los apristas qué lazos nos vinculan con más rigor, responderíamos que esta
especie de parentesco moral que nace de sabernos compañeros en una misma causa
que, por sobre todos los requisitos, impone la condición de amor a la justicia y
la limpieza en la conducta.
Por eso nuestro
Partido, como se afirmó desde 1931, no es un club de compadres en busca del
Presupuesto Nacional, sino una viva y firme fraternidad moral, nacida del
rechazo a las injusticias morales y del amor a la empresa de transformar las
bases materiales y espirituales del Perú, para tornarlo hogar de la alegría para
todos los peruanos. Y porque nuestro Partido es una hermandad en la lucha, en el
dolor y la victoria, ejercitamos el orgulloso derecho de dar cálida celebración
a nuestro hermano mayor. Pues si alguien interrogara por qué damos este
extraordinario realce al onomástico del Jefe, responderíamos que porque él es un
guía y un ejemplo, y como es él, tierno y sacrificado hermano de todos,
especialmente de los humildes y de los débiles, el dulce pueblo aprista esta
vez, sin consulta ni Congreso, por mandato imperativo de abajo a arriba, ha
resuelto consagrar de hoy en adelante y hasta CUANDO SEAMOS POLVO EN
VIAJE A LAS ESTRELLAS, EL DIA 22 DE FEBRERO COMO
EL DIA APRISTA DE LA FRATERNIDAD.
Apenas dobla por un
año la larga esquina del medio siglo, y ya puede columbrarse el camino
recorrido. Ahí están 30 años de vida insobornable y limpia, que nadie puede
mover. Porque recuérdenlo, compañero, es fácil ser rebelde y altivo a los 20 ó
30 años, pero difícil es ser altivo y rebelde durante 20 o 30 años continuos. ¡Y
cómo eran los tiempos cuando Víctor Raúl empezó la gran transformación! Yo lo
recuerdo hace 28 años, cuando vino a Lima, pálido y delgado estudiante vestido
de luto. Imperaba entonces una orgullosa y millonaria oligarquía, ciega y sorda
a todo progreso social.
A ella le fue
arrancada la jornada de las ocho horas. Después vino la burda tiranía, que
manejaba el látigo en una mano y en la otra la dorada moneda para comprar
conciencias. ¡Ah, cómo se le rindieron, por el chicote o el oro o por ambas
cosas a la vez, muchos almidonados señorones de nuestra política tradicional!
Pero el régimen de entonces tropezó con elementos nuevos, con Haya de la Torre,
tallado y bruñido como un diamante, y vino el inevitable choque de conductas y
mentalidades, que abrió los caminos del destierro. Allí, lejos de la patria,
empezaron los germinales tiempos de tormenta, y en medio de la lucha por el pan
y de la defensa de la salud, una alborada de milagros nació en el horizonte de
América, hacia 1925: la estrella de cinco puntas de la doctrina aprista. El
resto es historia conocida, porque esta escrita en el corazón y en la esperanza
de todos, especialmente esos terribles 15 años, OSCURO TUNEL DE ABUSOS Y
DE SANGRE, LARGO CALVARIO DE MUCHAS ESTACIONES, que el Jefe recorrió,
orgulloso de ocupar el puesto de mayor peligro. Allí sentimos afianzarse y
aumentar nuestra fraternidad. Y allí se probó, en el duro yunque de la lucha sin
descanso, la fortaleza moral de un hombre de excepción.
Atacado por la
enconada furia de los enemigos del pueblo, reducido muchas veces a exiguos
círculos partidistas, con la sombra de la muerte rondando en su torno,
perseguido o preso, amenazado siempre, rodaron los regímenes y los años tras los
años, pero el no se rindió, no dobló las rodillas ni al temor, ni la estulticia
encontró asidero para su tentación. Allí siguió en su puesto, con su firmeza y
su valor, con su ancha ternura y su alegre optimismo, altivo y sereno en su
puente de mando, seguro de llevar en sus firmes manos la esperanza misma del
pueblo del Perú.
¡Cómo no vamos a
quererlo con el cariño y respeto que nace espontáneamente de nuestro corazón!
Sin duda debe tener algún secreto o embrujo. Porque a lo largo de su vida va
amarrando voluntades y corazones al ancho tronco de su afecto. Pero en verdad,
ni hay secretos, ni hay embrujo y debemos decirlo. Todos le decimos “viejo” al
referirnos a él, pero viejo porque lo identificamos con esa capacidad de
experiencia y de bondad que a él le llegó tempranamente, dándose el lujo de ser
“viejo” desde los 40 años, cuando todos los de esa edad aproximada seguimos
siendo jóvenes. Sí, no hay embrujo ni secreto.
Simple y diáfana
ternura humana. PROFUNDA Y DULCE TERNURA POR EL HOMBRE COMUN QUE HABITA
BAJO EL CIELO. Algunas veces periodistas americanos indiscretos me han
preguntado por qué Haya de la Torre no ha fundado un hogar. Y yo les respondo
que sí tiene familia, una extraña familia, con muchas madres y esposas e hijas,
y muchos padres, hermanos e hijos, una larga familia de un millón de personas,
que es el pueblo aprista del Perú. El ama a su familia como nadie. Pudo serlo
todo en su vida, a poco que se lo hubiera propuesto. Pero prefirió arrastrar la
pobreza y el trabajo, el peligro y la incomprensión, por servir al pueblo, que
es al mismo tiempo su familia. Nadie lo supera en abnegación y en capacidad de
sacrificio. Porque quizá sea necesario decirlo alguna vez. Cuando llegó la hora
del amanecer, y se produjo la alegría del reencuentro, y el Partido volvió a ser
visible mayoría ciudadana, la voluntad popular quiso darle el título legítimo
que le concedió en 1931, y que aún aguarda la hora de su definitiva otorgación.
Pero él renunció con generosidad, abnegación y sacrificio, en silencio y con
unción patriótica, como nadie lo ha hecho hasta ahora, como un nuevo San Martín.
El Perú no estaba
acostumbrado a estos gestos de grandeza del alma y quizá por eso todavía
quienes, en clubs aristocráticos o en cerrados cenáculos antiapristas, niegan
esta grandeza de alma. Pero nosotros felizmente la conocemos de cerca y por eso
queremos a nuestro Jefe, con la limpia y viril ternura con que quieren los
hombres probados en el martirio, y aquí estamos los apristas de la vieja
y la nueva guardia, todos en guardia contra la reacción, satisfechos y
contentos de sentirnos juntos y unidos los cachorros y también los cachorritos,
hermanos, hijos y nietos del león.
He querido,
compañero Jefe, en este recado que viene del corazón del pueblo, exaltar tus
virtudes y cualidades sentimentales, por que ellas son, al juicio del hombre
común, la garantía más segura del amor a la justicia y a la prenda más
reluciente y urgida para un político moderno en un país ensombrecido,
empobrecido y necesitado de comprensión y ternura. Nuestros problemas son
problemas técnicos y económicos y sociales y de mercados y de muchas otras cosas
más, pero en última instancia tienen un solo y común denominador. Son problemas
que muchas veces sólo necesitan un corazón bien puesto. Y porque sabemos que
ES EL AMBITO INTERIOR DE NUESTRO JEFE Y HERMANO, aquí hemos
venido todos, los presentes y los ausentes, los vivos y los muertos, en este Día
de la Fraternidad Aprista, a encender las fogatas de alegría de nuestro primer
22 en libertad.
Y porque hablo en
nombre de todos los compañeros del Partido, tengo la obligación de entregarte un
regalo. Yo sé que no van a entenderlo ni verlo siquiera los que no son apristas.
Traigo en este cofre de espíritu el viejo tesoro del aprismo. Abrimos una roja
tapa de sangre y conmigo están –todos las vemos- las cuatro palabras mágicas de
nuestra fortuna. Allí las puso Manuel Arévalo antes de irse hacia la muerte esa
tarde del camino frente al mar. Allí están todavía intactas, lucientes, invictas
hablando al pasado y al futuro. Te las traemos hoy, como nuestro mejor regalo,
hecho promesa de mantenerlas y servirlas. Porque sabemos, compañero, hermano y
Jefe, que nada llegará más puramente a tu corazón que saber que decenas de miles
de apristas, en todo el país, van a prometer conmigo seguir cuidando el tesoro
de nuestras cuatro palabras mágicas: FE, UNION, DISCIPLINA Y ACCION,
y que miles de apristas van a repetir también, como un regalo de fraternidad y
de fe aquellas frases tibias que trajiste del destierro, que has realizado en la
vida y que son ahora prenda gloriosa de nuestra causa. Repitamos una vez más,
compañeros: en la lucha, HERMANOS; en el dolor, HERMANOS y en la
victoria, HERMANOS.
¡¡ Viva el
APRA ¡!
¡¡ Viva el
Perú ¡!
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