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Año 6.1- Edición Digital Nº 58

 

Manuel Arévalo - por Nilton Torres

 

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Manuel Arévalo: El forjador del sólido norte

Por Nilton Torres, publicado en la edición del 19 de Octubre del 2003, en el Diario La República de Lima, Perú

 

"Arévalo nos ha dejado una lección tan inmensa que, después de calmado el ardor de mis ojos quemados y amargos, y de sueltas mis manos en cuyas palmas se hundieron las uñas hasta hacer sangre, me siento más fuerte". Con estas palabras Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador e ideólogo del Apra, evocó la pérdida del líder sindical Manuel Arévalo Cáceres, asesinado el 15 de febrero de 1937 por orden del dictador Oscar R. Benavides. Quizá su nombre y su rostro no les suenan familiares a muchos peruanos desvinculados de la historia del país, pero este hombre fue un auténtico luchador social que halló la muerte soñando con la justicia y la libertad.

"Arévalo fue uno de los fundadores del APRA y viene a ser el número dos en la historia del partido, pero él tuvo una trayectoria como luchador social antes de abrazar las filas del aprismo", dice Carlos Arévalo Arangurín, quien al conmemorarse el centenario del nacimiento de su abuelo, el pasado 16 de octubre, decide contar la historia de este hombre que, a decir de propios y extraños, léase apristas y no apristas, habría sido el sucesor natural de Víctor Raúl de haberse consumado las decenas de amenazas de asesinato que durante los convulsionados años treinta pendieron sobre la cabeza del fundador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana.

LUCHADOR PRECOZ

Manuel Arévalo era siete años menor que Víctor Raúl. Nació en 1903 en Santiago de Cao, un taciturno pueblito ubicado en el valle de Chicama. A pesar de ser hijo de una familia humilde, gozó de cierta comodidad que le permitió estudiar los primeros ciclos de la educación primaria.

Por esos años, dos familias de hacendados empezaban a apoderarse de las fértiles tierras del trujillano valle, los Gildemeister en Casagrande y los Grace en Cartavio.

"Estos hacendados empezaron a hostigar a los campesinos cortándoles el riego, quemando los sembríos y pagándoles lo que querían por sus cosechas. A los Arévalo también les quitaron sus terrenos, y, siendo muy niño, Manuel fue testigo de estos abusos. Por ello se traza una meta, que la comienza a cumplir a tierna edad", rememora su nieto.

Con apenas 15 años, Manuel Arévalo rompe una tradición instituida por los hacendados. Y es que en 1918, cuando los peones entregaban su pliego de reclamos, lo hacían utilizando una caña guayaquil de gran tamaño, ya que no podían acercarse a los patrones, y mucho menos entregarles algo en las manos.

"Arévalo, por encima de sus mayores, fue personalmente a entregar mano a mano el pliego de reclamos. "Con todo respeto, vengo en nombre de mis hermanos a entregar este pliego de reclamos", dijo frente a uno de los Gildemeister", refiere Carlos.

"Ese gesto le costó la expulsión de Chicama y su forzoso traslado a Lima. Pero fue precisamente este hecho el que le permitió iniciar su labor sindical entre los portuarios y estibadores del Callao. Luego regresó a Trujillo y fundó el Ateneo Popular en el barrio de La Unión. Es en este lugar donde se comienza a gestar la fundación del APRA", rememora su nieto.

HAYA Y ARÉVALO

Fue gracias al anarcosindicalista norteño Julio Reynaga, que Haya de la Torre y Manuel Arévalo tienen un primer y fugaz encuentro en el Ateneo Popular.

Poco después, invitado por Antenor Orrego, Haya de la Torre vuelve a Trujillo a dictar una conferencia en la que estaría presente Arévalo. Después de este encuentro Orrego "adopta" a Manuel Arévalo como su secretario personal y alumno.

"En 1930, una vez fundado el Partido Aprista Peruano, Víctor Raúl regresa del exilio mexicano y fueron Manuel Arévalo y Antenor Orrego quienes lo reciben en Talara. Para ese entonces mi abuelo era un luchador social reconocido, que decide incorporarse al partido de Víctor Raúl. Desde ese momento los dos se vuelven inseparables", refiere Carlos Arévalo.

Fue por sus cualidades gremiales que Arévalo resultó elegido diputado obrero al Congreso Constituyente de 1931. Sin embargo, en represalia por su abierta oposición al gobierno de Sánchez Cerro fue deportado a Panamá.

Durante el exilio se había nutrido de las experiencias políticas de otros grupos similares al Apra en Colombia y Ecuador. Deseoso de participar en la gesta contra el gobierno de Sánchez Cerro, Arévalo regresó clandestinamente al país en 1932. Ese mismo año fundó el periódico "Chan Chan", un vocero antidictatorial que permitió también la difusión de las ideas apristas.

Perseguido por esas ideas, Haya de la Torre debe pasar a la clandestinidad. El líder del Apra le pide entonces a Arévalo asumir el liderazgo partidario en el norte del país. Disfrazado, Arévalo recorre las haciendas del valle de Chicama y, cuando puede, se entrevista con "El jefe" en su refugio limeño.

MUERTE Y CRUZ

Convertido en un objetivo del gobierno de O. Benavides, Arévalo es finalmente apresado los primeros días de febrero de 1937. La policía lo interna en un calabozo de la Prefectura de Trujillo y lo somete a prolongados interrogatorios signados por la tortura.

"Quienes estuvieron presos con él cuentan que colocaban los dedos de sus manos y pies en las bisagras de las puertas, y las cerraban con violencia. No sólo eso, también lo colgaban de una soga sujetada al techo y por las noches lo llevaban a la playa de Buenos Aires", ilustra Carlos Arévalo.

El nieto del luchador social recuerda que a su abuela, Edelmira Huamán, le impidieron ver a su esposo. El único que pudo verlo antes de su muerte fue su hijo mayor, Víctor Manuel, el padre de Carlos Arévalo.

"Un domingo, mi abuela llegó con mi padre, quien tenía seis años. Bendito sea el alférez que ese día estuvo de guardia porque al verla se conmueve, pero en vez de dejarla pasar a ella, le propone: 'Que entre el niño, pero sólo tiene tres minutos'. Mi padre me cuenta que al llegar a los calabozos reconoció fácilmente a su progenitor. Mi abuelo le sonrió y lo abrazó antes de preguntarle: "¿Qué dicen afuera de mí?". Y mi padre, inocente, le respondió: "Dicen que te van a matar". Mi abuelo abrazó a mi padre, le dijo que no se preocupara y le pidió algo más: "Hijo, quiero que me prometas dos cosas: nunca dejes de ir al colegio, y nunca dejes llorar a tu madre". Nunca más lo volvió a ver".

El 15 de febrero de 1937 fue el día elegido por los sicarios del dictador Oscar Benavides. Lo llevaron hasta un inhóspito paraje, en el kilómetro 220 de la Panamericana Norte, entre Pativilca y Huarmey, y sin misericordia lo mataron a balazos. La información oficial aseguraba que intentó fugar y que se le aplicó "la ley de fuga", eufemística manera de ocultar un asesinato.

"Fue el propio Víctor Raúl quien instauró el peregrinaje hacia ese lugar, dónde se levantó un cruz de 25 metros de altura. Ahora el lugar donde murió mi abuelo es un santuario para la militancia aprista. Sin equivocarme, puedo decir que Manuel Arévalo es un ejemplo para los políticos del Perú de ahora", asegura el altivo nieto y heredero.

"Dejándole a él vivo, no me habría importado morir", sentenció en más de una oportunidad el propio Víctor Raúl. Y es que Manuel Arévalo Cáceres, ese ilustre desconocido que derramó su sangre por sus ideas redentoras, fue un paradigma del luchador social peruano en las primeras décadas del siglo XX. Y por eso merece ser recordado.

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