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La mayor violencia en el Perú es
la pobreza y marginación
Entrevista al
padre Gustavo Gutiérrez
Grover Pango
Vildoso (*)
Lima, Mar.
27, 2005.- Su palabra franca siempre es importante para que los peruanos
podamos conocernos a nosotros mismos.
–¿Qué
lecciones fundamentales nos deja el informe de la Comisión de la Verdad y la
Reconciliación?
–Considero que
el informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación es un jalón muy
importante en la vida del país. Partiendo de esos terribles años de violencia
nos ha puesto cara a cara frente a los enormes desencuentros que hemos vivido a
lo largo de nuestra historia y las profundas e injustas desigualdades sociales
que marcan nuestro país.
Inició el
esfuerzo por saber lo que realmente ocurrió en ese tiempo, como el número y los
sectores sociales de las víctimas de esos hechos. Pero, además, ha tenido la
lucidez y el coraje de señalar las causas coyunturales y las permanentes de lo
sucedido.
Ha dado, a la
vez, la palabra a las personas más abandonadas del país que han podido
expresarse públicamente (menos ampliamente, ante la reticencia de importantes
medios de comunicación, de lo que hubiese sido necesario), relatando, en
quechua, en aimara y en lágrimas, las vejaciones de que fueron objeto.
–¿Cómo
construir una cultura de paz en un país atravesado por la violencia estructural?
–Sin duda la
pobreza y la marginación son la mayor violencia que se vive en el Perú.
“Violencia institucional” fue llamada por la Conferencia Episcopal
Latinoamericana en Medellín (1968) y la calificó como inhumana y antievangélica.
No hay auténtica y duradera paz sin justicia social. Lo demás es cosmético o
contraproducente. Permítame decir que la relación justicia y paz es uno de los
grandes temas de la Biblia. Es algo en lo que debemos insistir, un asunto que
debe inspirar programas educativos, sobre todo ante la desilusión y el
escepticismo que lo experimentado en las últimas décadas ha provocado en la
población, incluso en los jóvenes.
Queda mucho por
hacer, en el terreno educativo, en el conocimiento y la reflexión del aporte de
la Comisión de la Verdad sobre la construcción de una paz basada en la justicia
social. Aporte que es más un punto de partida que de llegada.
–¿Qué relación existe entre pobreza, dignidad y ciudadanía en el Perú?
–Una de las
cosas que más golpea en el Perú de hoy es la poca valoración de la vida humana.
Una de las peores secuelas de los años de violencia es la ‘senderización mental’
de tantos peruanos que manifiestan un gran desprecio por la vida. Se trata, sin
embargo, del primer derecho humano, elemento central de la dignidad de cada uno.
Precisamente la pobreza, tal como la encontramos entre nosotros, es un atentado
contra ese derecho. Pero también lo fueron las criminales acciones terroristas y
la, desgraciadamente, desmedida violencia represiva que provocó.
El segundo gran
derecho humano es la libertad, la condición de cada uno de ser sujeto de su
propio destino, no se trata de ser la voz de los sin voz, sino de que quienes
hoy no tienen voz la tengan. El ejercicio y el reconocimiento de ambos derechos
(vida y libertad) hacen de las personas miembros plenos de la sociedad,
ciudadanos.
–¿Qué vinculación –y de qué tipo– existe entre globalización y pobreza?
–Creo que es
necesario distinguir entre la globalización como hecho histórico, resultado de
muchos factores que han proporcionado una facilidad de información y de
comunicación desconocidas hasta hace poco, del modo como es implementada hoy.
Estar contra la globalización es como estar contra la energía eléctrica,
percibir su ambivalencia no debe hacer olvidar su enorme potencial de
humanización.
Al mismo
tiempo, no podemos sino rechazar una globalización puesta al servicio de los
privilegios de unos pocos, que ha hecho crecer la distancia entre naciones ricas
y naciones pobres, y la distancia entre personas ricas y pobres al interior de
los países. Una globalización que busca imponer aquello que se ha llamado un
pensamiento único y que creó formas terribles de exclusión, haciendo de miembros
de numerosas poblaciones personas desechables. Ella es hoy, en concreto, una de
las mayores causas de la pobreza.
–¿Qué es ser ciudadano hoy en el mundo?
–Tener
capacidad de participar plenamente en la orientación del país en que se vive.
Saber, para citar a N. Bobbio, dónde, quiénes y por qué se toman las decisiones
que afectan a todos y sobre las cuales todos tienen una palabra que decir. Algo
que, si bien nunca vivimos plenamente, fue borrado del país en la última década
del siglo pasado, con las consecuencias que vemos en nuestros días. He hablado
del Perú, pero como su pregunta lo insinúa, hay que ir más allá de sus
fronteras.
Los derechos
del ciudadano tienen, en tanto que persona humana, cada vez más una dimensión
universal. Es bueno recordarlo, por ejemplo, ante el fenómeno de la migración
contemporánea cada vez más masiva y ante las dificultades que encuentran los
inmigrantes hoy.
–¿Vivimos una crisis en el país? ¿De qué tipo? ¿Desde cuándo y hasta cuándo?
–Siempre me han
llamado la atención las frases con que peruanos ilustres han ‘fotografiado’ al
país: “Un Perú legal y un Perú profundo”, “Un país adolescente”, “La unidad
peruana está por hacer”, “Perú, problema y posibilidad”, “País impaciente por
realizarse”, “País de todas las sangres”. Esas y otras expresiones semejantes
revelan la existencia de viejos problemas en cuanto a la identidad nacional, y a
nuestras posibilidades como nación, que pese a todo seguían siendo afirmadas.
Sin embargo, es
innegable que en los últimos tiempos las cosas han empeorado. En gran parte por
la violencia mencionada, nacida en el caldo de cultivo de la pobreza y del
ancestral olvido de una gran parte de la población, así como de un mesianismo
criminal. A esto debe añadirse el sistemático intento de destrucción de la ya
débil institucionalidad del país en la última década del siglo pasado y el no
menos sistemático uso de la mentira como instrumento político. Todo eso ha
provocado una desconfianza muy grande en la participación política y en la
convivencia democrática; creando, a la vez, en muchos, una actitud de ‘no se
puede creer en nadie’ y de ‘sálvese quien pueda’ que erosiona la vida del país.
–¿Desde dónde es posible alimentar la esperanza en nuestro país?
–¿Hasta cuándo?
Terminaba diciendo la pregunta anterior. Nadie puede decirlo con certeza. Pero
es claro que los motivos de esperanza no llegarán en paracaídas de Marte.
Debemos forjarlos nosotros mismos. Cometido inmenso, es verdad; pero también
pequeño, paciente y cotidiano. En esto la educación, tanto en su sentido más
amplio como en el más preciso, es decisiva.
No es, sin
embargo, una tarea que deba comenzar de cero. En medio de todos nuestros
problemas hemos podido ver personas que se han jugado la vida en la defensa de
los más pobres del país y de sus derechos más elementales ante las diferentes
violencias vividas, asociaciones de pobladores (en esto las dirigidas por las
mujeres pobres se llevan la palma) luchando por alimento y educación para sus
hijos y familias, esfuerzos por tener diagnósticos precisos de nuestros males
sociales. Todo eso permite pensar que es posible luchar para que todos los
nacidos en este territorio puedan considerarlo, justamente, como el lugar donde
nacieron, como su nación. Pero no olvidemos que el futuro no llega, lo hacemos.
–¿Por qué se van los jóvenes de nuestro país? ¿Se puede hacer algo para
impedirlo? ¿Se debe?
–Sin duda la
frustración y el desempleo juegan un papel capital en esto. Además, no es algo
que solo concierne a los jóvenes, también a personas de más edad. Pero sin duda
hay otros factores que intervienen. Es el caso de la atracción que ejercen
países ricos que requieren personas competentes y ofrecen posibilidades
profesionales y de condiciones de vida a personas que se capacitaron en, y a
costa de, los países pobres; también hay una migración de este tipo (son, por
ejemplo, miles los médicos peruanos que ejercen en los Estados Unidos).
No obstante, si
bien lo económico es una razón poderosa, cuenta enormemente también la desazón
que produce en muchos la situación de un país que no parece capaz de encontrar
un rumbo apropiado para salir de sus grandes problemas. Pienso que aquí puede
tener un papel importante la educación de los jóvenes en materia de
responsabilidad y solidaridad sociales; pero, indudablemente, si el estado de
cosas económico y político continúa y si sigue el actual descuido del Estado por
lo referente a la educación, esa tarea será muy difícil.
(*) Coordinador
general del Foro Latinoamericano de Políticas Educativas-FLAPE.
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