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Año 6.1- Edición Digital Nº 58

 

Enrique Cornejo Ramírez

 

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La sociedad del conocimiento, los desafíos del desarrollo y la economía peruana

 

 Por: Enrique Cornejo Ramírez

El proceso de globalización en el que vivimos tiene un carácter ambivalente: de un lado, las economías de los países están más integradas que antes, la innovación tecnológica logra resultados sin precedentes con la biotecnología y la telemática, las distancias se han reducido con la Internet y el comercio electrónico; pero, de otro lado, aumenta la pobreza y la desigualdad, se contamina el medio ambiente y los países industrializados mantienen barreras proteccionistas al comercio así como destinan significativos recursos a la guerra y a la autodestrucción, con la amenaza de armas de destrucción masiva, de tipo nuclear, químico o biológico.

 Prácticamente se ha completado la secuencia del genoma humano y eso abre alternativas insospechadas. Los resultados de las investigaciones científicas revelan que la secuencia del genoma es similar en todas las personas, es decir, que todos somos iguales en un 99.9%. Hoy también sabemos que la secuencia del genoma humano es similar en un 98.8% a la correspondiente secuencia genética de los chimpancés; humanos y chimpancés tenemos la misma información genética, pero mejor organizada la de los primeros. Todo lo anterior nos lleva a una conclusión: los seres humanos somos muy parecidos y la perfección genética es una utopía; sin embargo, abundan situaciones de discriminación de diverso tipo (racial, económica, social, religiosa, de género); surgen aventureros, pseudo-científicos y se promueven los fundamentalismos. Nunca como ahora estamos tan lejos de un paradigma solidario.

 El principal problema de la globalización es que los costos que genera parecen ser mayores que sus beneficios, al menos hasta el momento. Ganan con la globalización unas minorías y pierden las mayorías; ganan los que acceden a la innovación tecnológica y pierden los que se quedan con tecnologías atrasadas. Ganan con la globalización los que tienen la información adecuada en el momento adecuado y pueden entonces producir nuevo conocimiento y tomar buenas decisiones; mientras tanto, pierden los que no conocen la información pertinente, no la tienen oportunamente o no la saben utilizar.

En estos tiempos no es posible hablar de países aislados de la economía mundial; países grandes y países pequeños, países ricos y países pobres, interactúan mucho más que antes; inclusive países industrializados como los EE.UU. -que hace apenas dos décadas lideraba abiertamente una corriente contraria a la integración económica- hoy apuesta por la integración, tiene su propio Bloque Regional, el NAFTA, y promueve un esfuerzo hemisférico de integración: el ALCA.

Vivimos en una sociedad del conocimiento. El insumo principal es la información; el resultado o producto principal es el nuevo conocimiento. El círculo virtuoso en ésta sociedad tiene cuatro pasos: a)identificación de la información pertinente; b) procesamiento de la información; c) transformación de esa información en nuevo conocimiento, útil para el entorno; y, d) retroalimentación.

Frente a este panorama, los desafíos del desarrollo siguen siendo esencialmente los mismos de siempre: obtener un sano y sostenido proceso de crecimiento económico, que genere empleo productivo, que promueva una justa distribución de los frutos de ese crecimiento, es decir, con justicia social, que busque disminuir la brecha entre ricos y pobres y, en general, que eleve el nivel y la calidad de vida de la población.

Para un país como el Perú, con una economía pobre y pequeña, con mercados fragmentados, asimétricos, concentrados y, en general, poco competitivos, con un Estado ineficiente e institucionalmente débil, con bajos niveles educativos y muchas otras necesidades básicas insatisfechas, el reto del desarrollo es doblemente difícil.

No es que el mercado no deba ser promovido y fortalecido; lo que ocurre es que se trata de muchos mercados (fragmentación), la mayoría de ellos ineficientes y más de la mitad de la población participa de manera limitada en el mercado (población pobre) o simplemente no participa (población en extrema pobreza o indigencia).

No es que la competencia no sea positiva, pero lo que abundan son situaciones no competitivas que perjudican al consumidor y a la mayoría de los productores: monopolios, oligopolios, monopsonios u otras formas de competencia imperfecta o de situaciones de abuso de posición dominante en los mercados.

No es que no sea buena la transparencia de los mercados para la óptima y oportuna toma de decisiones pero lo común más bien es la asimetría de la información. No es que las tasas de interés no sean importantes en el proceso de intermediación financiera; lo que ocurre es que miles de micronegocios lo que no tienen es acceso al crédito formal (represión financiera), lo que encarece sus costos y los hace más ineficientes.

Uno de las razones fundamentales por las que las políticas de desarrollo fracasan en países como el Perú es la poca comprensión del punto de partida. No partimos de una situación de equilibrio, de pleno empleo de los recursos o de homogeneidad; por el contrario, partimos de una gran desigualdad en la que el suelo no está parejo. Nuestra diversidad cultural, social, económica lingual y hasta geográfica por el momento es una limitación pero podría convertirse en una fortaleza, como lo ha sido el poco espacio disponible en el Japón o el desierto para Israel.

Sostenemos que, para que las políticas de desarrollo tengan éxito en una economía como la peruana, deben considerarse dos etapas: a) una primera en la que los supuestos que normalmente se utilizan no son válidos, en la que el espacio-tiempo obliga a construir condiciones de mercado y competencia; en la que es necesario salir de la profunda desigualdad y pobreza y crear las bases para un estado de bienestar, en la que prácticamente hay que empezar de cero o cerca de cero y construir la infraestructura básica ; y, b) una segunda etapa en la que se pueden aplicar políticas más ortodoxas de política de desarrollo pues las condiciones económicas y sociales ya lo permiten, al parecerse más a lo que señalan los textos de economía.

No es que el modelo neoclásico de crecimiento no sirva. Lo que ocurre –desde nuestra perspectiva- es que hay una importante primera etapa de desarrollo en la que sus planteamientos no son los más convenientes ni logran los resultados esperados. Así, por ejemplo, durante la primera etapa a la que nos referimos, las tasas de interés no son el factor fundamental para fomentar el ahorro y el crédito de las instituciones financieras; existen miles de micronegocios –que no cumplen los requisitos de los bancos para calificar como sujetos de crédito- pero que, sin embargo, reciben crédito de instituciones de microfinanzas y con tasas altas. En una primera etapa, el problema del crédito no es de tasa sino de acceso. Los micronegocios y las microfinanzas no están contemplados en los textos de teoría financiera ni en los Acuerdos de Basilea que se toman como parámetros mundiales para la gestión de los Bancos.

Haya de la Torre mencionaba –refutando a Lenin- que en los países de América Latina el imperialismo no era la fase superior del capitalismo sino la primera. Hoy podríamos afirmar  que en los países pobres y de economía pequeña como el Perú, las ventajas de la nueva economía de la globalización, la información y el nuevo conocimiento no se dan plenamente, al menos en un primer momento; se desarrolla más bien “otra nueva economía”, caracterizada por los pequeños y micro negocios, por la actividad productiva informal, por el autoconsumo y el autoempleo, por el desarrollo de tecnologías intermedias, por la diversidad cultural y geográfica, etc.

El Perú tiene inexorablemente que mirar al mundo y lograr una inserción inteligente en el mercado global, con una apertura gradual pero negociada, con un Estado que base su fortaleza en su capacidad de generar información, con seguridad alimentaria y equilibrio energético, con estrategias competitivas de exportación y con audaces programas educativos y de promoción de la ciencia y la tecnología.

Es claro en éstos tiempos que para lograr el desarrollo, primero hay que crecer; que el crecimiento debe ser sostenido en el tiempo y principalmente en las ramas y sectores intensivos en mano de obra; que para crecer se necesita inversión y que –para que haya inversión- se necesitan proyectos que sean rentables. Es claro también que no hay crecimiento sostenido ni gobernabilidad  con injusticia social y altos niveles de pobreza. Los tiempos post-modernos no debemos verlos con miopía o temor. Hay que diseñar políticas de desarrollo no sólo consistentes en sí mismas sino –además- adecuadas a la etapa de desarrollo en la que nos encontremos. Si en éstos tiempos lo importante es la información, el Estado debe convertir la información en un bien público, es decir, al alcance de todos, no importando su condición social o económica.

Finalmente, hay que fomentar la solidaridad, fortalecer la integración, ser conscientes y orgullosos de nuestra identidad nacional y no perder la esperanza en el Perú y en la capacidad de los peruanos para salir de la crisis. Esto significa cambiar las maneras de hacer política, cambiar también los criterios de gestión de los gobiernos; en suma, cambiar de mentalidad y ubicarnos históricamente, para saber interpretar la naturaleza y profundidad de los cambios y para no perder de vista lo esencial: que el desarrollo- cualquiera sea la estrategia que adoptemos- lo que debe buscar es mejorar la vida de la gente.


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