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El asombroso modelo chino,
veinte años después
Alan
García
volvió a China después de dos décadas
Por: Alan
García Pérez
Publicado
en la edición del lunes 26 de enero del 2004, del diario El Correo, de Lima
El líder aprista Alan
García retornó a China dos décadas después y
encontró un país totalmente distinto que crece día a día. El ex presidente
peruano comparte algunas reflexiones sobre las razones del éxito chino y pone a
esta nación como ejemplo para América Latina. A continuación una crónica
exclusiva para Correo de ese periplo.
Alan García Pérez
He vuelto a China
después de veinte años. Entonces, en 1984, comenzaba a ponerse en práctica una
reforma; primero en la agricultura, para dejar atrás los errores y excesos de
izquierda que habían aislado y detenido el desarrollo del país. El gran viraje
propuesto por Deng Xiaoping hablaba de terminar con el igualitarismo, incorporar
como principio socialista la remuneración a cada cual según su trabajo y,
además, proceder a la apertura de China a las inversiones extranjeras. Deng
afirmó entonces que el Socialismo no es sinónimo de pobreza, pues su función
debe ser ante todo desarrollar las fuerzas productivas y aumentar el potencial
nacional beneficiando a las mayorías.
Veinte años después
China es otra. Desde la masa imponente de los nuevos edificios en las calles de
Pekín o de Shanghai, donde sólo en esta última ciudad se han construido 2,600
rascacielos de más de 30 pisos en los últimos 10 años, hasta la visión directa
de decenas de miles de industrias de gran dimensión construidas en las cuarenta
y nueve Zonas Especiales de inversión extranjera con millones de trabajadores de
alta tecnificación. Pero además, la capacidad de consumo acrecentada del pueblo
chino que cuenta ahora con 260 millones de teléfonos celulares provistos por
empresas extranjeras, millones de automóviles producidos anualmente en gran
parte para el mercado interno y también la evidencia, en sus universidades e
instituciones de desarrollo tecnológico, de que los dirigentes chinos no sólo
quieren ser la gran fábrica del mundo, sino, a breve plazo, ser también un país
proveedor de nuevas tecnologías digitales y biogenéticas para el mundo.
Es un hecho, China
crece desde hace casi dos décadas a un promedio anual de nueve por ciento y ha
triplicado en veinte años su producto bruto per cápita. Y aunque aún existen 400
millones de chinos pobres, especialmente en el campo, otros 900 millones han
sido incorporados al consumo, a niveles de bienestar similares a los de nuestros
sectores C y aún B. En mi primera visita, el per cápita peruano era casi cuatro
veces mayor al chino, hoy es apenas el doble y para el año 2009 cada chino, en
promedio, tendrá el mismo ingreso de cada peruano, porque, y ya lo anuncian los
organismos internacionales, para el año 2039 China habrá superado el producto
anual norteamericano.
Y la pregunta es
obvia. Cómo ha logrado la dirigencia china, y en tan breve plazo, este
desarrollo productivo y social al que podría casi llamarse el Milagro Chino, un
fenómeno equiparable o tal vez mayor al que el gran estadista Franklin Roosevelt
logró reconstruyendo con políticas revolucionarias el sistema económico
norteamericano afectado por la crisis de 1929 e impulsando un salto económico de
más de treinta años para todo el mundo. Más allá de la similitud de ambos
procesos, algunas reflexiones pueden hacerse sobre las razones del éxito chino.
Primero, porque la
actual dirigencia tuvo el valor de abandonar, hace veinticinco años, el
ideologismo retardante. Con el nuevo principio de que “La verdad hay que
encontrarla en los hechos y no en las teorías”, quedó atrás la obediencia
religiosa a las frases y apotegmas maoístas. Quedó atrás la lucha de clases como
“motor de la historia” y se enarbola la necesidad del desarrollo de la nación,
constituyendo un Frente Unico con los capitalistas nacionales.
Segundo, porque Deng
tuvo la inmensa capacidad de comprender, antes que otros en el mundo, que el
surgimiento de las nuevas tecnologías de la información anunciaban desde 1980
que un Nuevo Ciclo de expansión y de reestructuración del mercado mundial
comenzaría; una especie de Nuevo Modo de Producción Global sin fronteras que
reorganizaría el mercado mundial y en el que el más grave problema social sería
la exclusión del trabajo, del mercado y de la información. Por eso China ganó
tiempo y espacio económicos en esta Nueva Economía que proyecta ahora un
crecimiento mucho mayor sustentado en la biotecnología, en la información y en
la nanotecnologia o ciencia de lo diminuto que inicia su desarrollo.
Tercero, porque China
ha logrado una inteligente y eficaz combinación de Libre Mercado y de Estado
Eficiente. Y este es un tema en el cual el asesor clintoniano y Nobel de
Economía, Joseph Stiglitz, está de acuerdo. China ha dirigido, ella misma, la
construcción de su mercado y de su nueva economía, en tanto que otros países
subdesarrollados se han limitado, en el mismo período, a seguir las recetas
universales de los organismos financieros. China sí programó su modernización y
el resultado es evidente. Modernizó ordenadamente sus sectores económicos.
En 1984 Deng terminó
con el colectivismo maoísta de las Comunas Populares, asignando a cada familia
la responsabilidad productiva de su parcela para su propio ingreso y beneficio.
Así, el 80 por ciento
de la población china fue liberada para producir y se echaron las bases de un
nuevo mercado nacional de consumo. Luego, se declaró que todas las empresas
públicas deberían tener una conducción eficiente y los objetivos de competir y
dar ganancias. En tercer lugar se declaró como objetivo primordial del
socialismo el desarrollo de las fuerzas productivas y se abrió el país a la
inversión de las más grandes empresas mundiales en Zonas Especiales, las
primeras en la zona costera y otras, poco a poco, en el interior del país. Hoy,
esos cientos de miles de empresas dan trabajo a decenas de millones de chinos en
la actividad fabril.
Así, se asociaron la
nueva capacidad de ingreso campesino y obrero, con un enorme salto productivo.
Porque los miles de fábricas de telefonía, de automóviles, de electrodomésticos,
de computadoras, etc., producen en volumen creciente para el mercado chino y no
sólo para la exportación, lo que ha generado un ciclo de consumo y de
eslabonamiento hacia atrás de la economía. Pero para impulsar ese círculo
virtuoso, el gobierno chino ha hecho un prudente y hábil empleo de políticas de
corte Keynesiano, utilizando Bonos emitidos por el Estado para la construcción y
para el crédito y generando programas de empleo productivo y de servicios
directamente creados por el Estado.
Sin embargo, el
mercado financiero aún no se ha abierto decisivamente. Y esto explica también el
porqué todos los recursos y medios de pago generados han sido ahorrados y
reinvertidos en el ciclo de producción del país mientras se creaba el mercado y
se instalaban las industrias. Los dirigentes chinos son prudentes y sabios.
Ellos no repetirían los errores de la apertura de Gorbachov en Rusia que,
poniendo la carreta delante de los caballos, comenzó la apertura por el sector
financiero, ocasionando que los capitales especulativos o golondrinos llevaran a
la crisis en varias ocasiones la economía de ese país. Deng, recogiendo un viejo
principio de la sabiduría china, sabía que toda reforma se hace paso a paso. Por
ello, ahora sí se ha puesto en marcha la apertura financiera a la banca
internacional y a la competencia.
En cuarto lugar, la
apertura al capital externo hecha por el Estado chino ha sido negociada con
inteligencia. Los capitales llegan para crear nuevas fábricas, millones de
empleos, para asociarse en empresas mixtas con el Estado chino y para conectarse
con otras fábricas del país. En China los capitales no llegaron para comprar lo
que ya existía o, solamente, para comprar empresas públicas. China creó primero
su propio mercado de consumo reformando e impulsando su agricultura. China, es
verdad, ofreció al comienzo una mano de obra abundante y muy barata al capital
extranjero, pero en los años siguientes es un hecho que el costo de la mano de
obra industrial se ha duplicado y, sin embargo, las inversiones (57,000 millones
de dólares en el 2003) siguen llegando justamente porque el mercado de consumo
interno continúa creciendo.
Revisemos algunos
datos. La Zona Especial de Pekín que en 1984 aún no había sido propuesta y que
sólo comenzó a instalarse en 1992, tiene ya 1,400 empresas de gran dimensión que
he podido visitar con los dirigentes chinos y ofrece hasta el momento 80,000
empleos de alta tecnología. Se han invertido ya 6,000 millones de dólares y de
su producción, el cuarenta por ciento es para el mercado interno. La más grande
planta mundial de Nokia está allí, y también General Electric, Bayer, Motorola,
etc., y muchas de ellas, asociadas al Estado chino en 50 por ciento. Cada
empresa instalada está libre por dos años del impuesto a la renta y en los tres
años posteriores sólo paga la mitad de él.
Pero la Zona Especial
de Pekín es una de las más pequeñas. Más grande es la de la ciudad histórica de
Xian en el interior, y mucho mayores las de Guandong, Shandong, Shentzen, cuyos
terrenos aún sin ninguna fábrica visité en 1984, y por cierto la extraordinaria
y asombrosa Zona de Pudong, un distrito de la ciudad de Shanghai, asociado al
vertiginoso desarrollo de esta ciudad portuaria de 16 millones de habitantes.
Pudong, una especie de Manhattan que hace 11 años no existía, produce hoy, sólo
dentro de sus límites, 18,000 millones de dólares en sus doce mil empresas
industriales y de servicios, y se han creado, en el distrito, cuatrocientos mil
empleos. Quien quiera ver en su esplendor el éxito del modelo chino habrá de
venir a Pudong. Y en todo el país encontrará casi 500,000 millones de dólares
invertidos que han permitido que la suma de exportaciones e importaciones de
China alcance en el 2003 la astronómica suma de 853,000 millones.
La conclusión es
obvia y casi paradójica. Los capitales parecen estar más dispuestos a llegar a
asociarse con el Estado, a instalarse y crear empleo cuando el Estado ejerce una
enérgica acción reguladora y con sus entidades y empresas les da estabilidad y
eficiencia en los servicios. Por el contrario, no llegan fácilmente a los países
que han destruido su aparato estatal, o llegan para adquirir las partes de éste
que se subastan, no llegan a los países con gobiernos inestables y carentes de
instrumentos o de capacidad para promover proyectos de largo plazo. Gracias a
ello, el desarrollo chino se ha logrado sin la gran deuda pública que
caracteriza el crecimiento económico de otros países como el Brasil, y además a
diferencia de éste que sólo creció 0.5% el año pasado, China ha mantenido su
tasa de 9%.
En quinto lugar, todo
este inmenso movimiento de capitales e instalaciones urbaniza aceleradamente a
la población china, la provee de centros educativos, de mayor bienestar. La
juventud, en su gran mayoría, aspira a un nivel tecnológico mayor. Miles de
libros sobre actividad empresarial, conducción estratégica y marketing inundan
las librerías de universidades como la de Peita, la Universidad del Pueblo, la
facultad de Derecho y Política en Pekín. Enriquézcanse, creen empresas, fue la
voz de orden de Deng Xiaoping y en ella están los ecos del dictamen del Lenin
final en su Capitalismo de Estado e Impuesto en Especie: dejen venir al capital
extranjero, ganará mucho, abusará, pero nos enseñará a producir y a tecnificar.
Naturalmente,
todo este proceso tiene a su vez deficiencias y carencias. Pero aún los más
liberales y occidentales de los observadores aceptan que en el balance global,
la experiencia es positiva, no sólo para China, sino para el mundo. Porque al
desarrollar tan gigantescas fuerzas a escala planetaria, China está relanzando
por los próximos años el mercado para todos los países.
Se objeta en primer
lugar que los 500,000 millones de dólares invertidos han creado una industria
subsidiaria, una especie de máquina que sólo elabora bienes para exportar a
partir de partes y productos importados y que China sólo aporta mano de obra a
precios irrisorios. Pero ello no es cierto porque las industrias instaladas en
los últimos diez años compran en el interior del país casi la mitad de sus
insumos y además porque la mano de obra barata del comienzo, se ha tecnificado
en las empresas, muchas de ellas mixtas con participación del Estado, y el nivel
de los salarios se ha duplicado en los diez años.
China cuenta con
miles de industrias de gran dimensión
Se dice también que
el salto industrial y urbano ha postergado los sectores rurales condenándolos a
la miseria. Y ello es cierto en parte, porque la tecnificación y la
competitividad agrarias han originado el desempleo de más de cien millones de
personas. Pero a cambio de ello, la producción de cereales se ha triplicado
desde 150 millones de toneladas en 1984 a 500 millones actualmente y con tal
productividad el precio de los alimentos sigue siendo proporcionalmente muy
barato. Además, si hay pobres en la ciudad y el campo, su proporción, según los
organismos mundiales (30 por ciento), es menor a la que tenemos en el Perú (54
por ciento). Además, la progresiva extensión del mercado y empleo industriales
permite prever que las zonas rurales aún no desarrolladas se incorporarán
progresivamente al proceso.
Finalmente, la
crítica central al modelo es la ausencia de democracia plural tal como nosotros
la practicamos. Y ello es cierto, pero en un país de 1,300 millones de
habitantes y con una historia de centralismo autoritario ininterrumpido, de más
de dos mil años, la problemática es distinta a la nuestra. La democracia
occidental nació para terminar con el gobierno de uno o de unos pocos para
beneficio de la minoría y para construir un sistema que, creado con la
participación de todos, promueva el bienestar para la mayoría. Y el hecho es
que, con su gran rectificación la dirigencia china ha multiplicado las fuerzas
productivas, el empleo y el bienestar para cientos de millones a los que los
regímenes de nuestro lado del mundo habrían abandonado en la miseria y en el
atraso.
Seguramente se está
construyendo poco a poco el espacio para un sistema de mayores libertades y
disentimientos como nosotros lo creemos imprescindible, pero hasta el momento,
con cientos de millones de celulares y de conexiones de internet, la población y
sobre todo la juventud china están mucho más comunicadas e informadas que en los
países andinos, seguramente. La historia demostrará, en los próximos años, que
el inmenso desarrollo productivo y tecnológico irá abriendo nuevos espacios a la
participación.
En todo caso, el
actual fenómeno de la despolitización de la juventud y de las sociedades parece
ser universal y no es una actitud impuesta por el Estado en algunos países. El
ser humano de hoy quiere menos ideología, menos lucha política y más bienestar.
Ocurre como si la sociedad hubiera comprendido colectivamente que con la nueva
ciencia y la fuerza industrial sin fronteras, hoy puede producirse mucho más que
lo que la sociedad puede consumir. En cambio, en el capitalismo anterior del
carbón, el petróleo y los mercados cerrados, la tecnología y la organización
productiva estaban amenazadas por la carestía y por ello el combate esencial era
por el Estado y la dirección social. Hoy, en un marco científico e informacional
revolucionario, la voz de orden es el bienestar y el éxito individual; aunque
los politicos de viejo cuño, los que construyeron sus ideas, sus sentimientos y
sus conductas en la gran crisis de 1929, o antes de ella, no logren
comprenderlo.
En todo caso, China
es una inmensa realidad a la que no conmueve ninguna de las tres críticas
mencionadas. Hace milenios, ese país inventó la porcelana, la seda, el papel, la
brújula, la pólvora; luego entró, por obra de sus últimas dinastías imperiales
decadentes, en un largo sopor del que ahora despierta poniendo en práctica un
revolucionario modo de desarrollo. Y como ya se ha dicho, si algo dramático no
se interpone en su camino, China desplazará a Europa y luego a los Estados
Unidos en el rol de gran potencia.
Claro que el modelo
chino tiene elementos propios, su enorme extensión geográfica, su inmensa
población, su larga historia y su régimen político que no lo hacen transferible,
pero América Latina debe comprender la necesidad de asociar su crecimiento a esa
gran realidad. Un Acuerdo de Complementación Económica continental con China,
permitiría vincular nuestra tecnología y nuestra producción a su proceso,
evitando la confrontación para la cual, por el momento, China está mucho mejor
preparada. Y sería un complemento enriquecedor y alternativo al camino del ALCA
o libre comercio con los Estados Unidos. Que si se puede vender a China
productos elaborados lo demuestra ya el caso del presidente de los industriales
del Perú que exporta partes y piezas de grandes molinos a ese país, y ese
ejemplo puede continuarse sin complejos.
Pensar en grande,
tener un proyecto continental y a largo plazo es lo que muchas veces ha faltado
a nuestra vida social. Los grandes espacios geográficos y económicos que la
globalización está creando, exigen una política de mucho mayor nivel. Y estudiar
sus ejemplos puede elevar nuestra acción para beneficio del pueblo.
Pekín, 18 de enero del 2004
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